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¿Justicia o condena? La historia no contada de Lisby Allen

Escrito por Claudia Mendoza

Primera parte de tres

La tarde en que Lisby Allen Bardales salió de su casa en Olanchito, Yoro, no fue por voluntad propia. Un hombre armado la obligó a salir, la condujo hasta un motel y durante horas abusó sexualmente de ella. En ese cuarto de motel, con un arma sobre un sofá, la muchacha que todos en su pueblo describen como tranquila y servicial, ante la necesidad de defenderse, apretó el gatillo y en ese instante comenzó otra batalla: la de su libertad y su dignidad.

En su celda, en la Penitenciaría Nacional Femenina de Adaptación Social (PNFAS), Lisby nos recibió cuatro años después y allí nos narró los hechos que comenzaron la tarde del 4 de julio de 2021, en Mame, una aldea de Olanchito, en el departamento de Yoro, donde vivía junto a su madre Ada Bardales y su pequeña hija Mía Dayana Carbajal, de 5 años de edad.

El 4 de julio

La casa de Ada es una construcción modesta de dos plantas, levantada sobre un pequeño terreno muy irregular. En la parte alta funciona “Mi Negra”, un bar y merendero con mesas sencillas y el murmullo de los clientes que buscan pasar un rato entre cervezas, comida y música. Mientras que, en la parte baja de la casa, en una pequeña pieza de bloque, transcurrían los días para Lisby Allen y su pequeña hija, Mía Dayana.

Pero la vida de esta joven, quien en ese momento tenía 18 años, cambió radicalmente la tarde del 4 de julio cuando llegó Mártir Adonay Carbajal, a beber al bar de su madre con dos acompañantes, cerca de las 5 de la tarde.

Cuando yo subí estaban unos amigos en una mesa y se encontraba Mártir en otra. Pasé por la mesa donde estaba él y me jaló, me jaló la mano y me dijo que me sentara ahí, le dije que no, que no podía”.

Para Lisby, aquel hombre de complexión delgada era un desconocido a quien veía por segunda vez en el bar de su progenitora. Mártir, a quien todos describen como un “mujeriego empedernido”, la tomó del brazo, con la insistencia de quien se siente con derecho, e intentó obligarla a sentarse en su mesa. Ella se zafó, molesta. Pero desde ese instante, la muchacha quedó en la mira.

También agarró a mi hija. Entonces, yo le dije que la soltara porque estaba lastimándola y me retiré enojada”, narró.

Y mientras su madre atendía a sus clientes, Lisby salió a la parte exterior de la casa sin percatarse que Mártir iba detrás de ella.

Sólo sentí donde se me acercó por atrás una persona con un arma y cuando volteé a ver era él.

Carvajal la interceptó, le colocó una pistola en el costado y la obligó a subir a un vehículo. El conductor y otra persona estaban en el interior del automotor que estaba ubicado a varios metros del bar.

Las dos horas de infierno en el motel Palmeras

La ruta, aunque desde Mame hasta Olanchito es de apenas 15 minutos, fue muy infausta para Lisby. Su captor fue a dos moteles antes de culminar el macabro periplo en el auto hotel Palmeras, ubicado a orillas del principal bulevar en Olanchito.

Él me dijo que caminara a la par; él me lleva como abrazada pero igual apuntándome con un arma. El que iba manejando le dio el dinero a él, del pago, de allí se lo dio al guardia, entonces él me llevó al cuarto”.

En la habitación del motel Palmeras el tiempo se volvió un tormento sin reloj. Lisby lo recuerda como un infierno que parecía no tener fin. Mártir Adonay, con el arma siempre al alcance, la sometía entre amenazas que se volvían cuchillos en su cabeza: le repetía que cediera a sus instintos, que de todos modos iba a matar a su hija y a su madre.

Durante dos horas, entre las siete y nueve de la noche, Lisby estuvo atrapada en una espiral de pánico. Cada segundo era una eternidad; el miedo se mezclaba con la certeza de que no había salida, al menos no con vida.

Me dijo que prendiera (abriera) la llave y él mojó la pistola y me dijo que hasta con agua bendita iba a ir el balazo que me iba a dar”.

Entre sollozos, Lisby recuerda amargamente lo siguiente:

“Allí empezó a abusar de mí. Cuando él empezó a abusar de mí, pues, pasó mucho tiempo, él andaba bien tomado. Pasó mucho tiempo y él seguía abusando de mí”.

Fue en un descuido de su agresor cuando la vida le dio una grieta mínima de escape. La joven dice que su abusador, en un movimiento inesperado, colocó el arma en un sofá que estaba cerca. La joven, muerta de terror, saltó de la cama, tomó el arma y disparó de inmediato, de forma instintiva… más defensa que ataque.

Cuando él la suelta yo la agarro. Del miedo que él me dijo que no iba a salir de ahí y eso, yo solo agarré el arma y me paré enfrente de él y lo apunté y el arma empezó a disparar. Luego de eso, solo agarré lo primero que encontré que fue la camisa de él y el short, el teléfono, y salí corriendo”.

Mártir Adonay Carvajal quedó tendido sin vida. Luego de salir del motel, todavía temblando, Lisby hizo lo que pocos esperarían en un escenario así: tomó el teléfono y llamó al 911.

Entre sollozos explicó que había disparado a un hombre tras sobrevivir una violación de más de dos horas continuas. Para ella no había duda, no era culpable, era víctima. No había buscado la muerte de nadie, había luchado por salvar la suya y la de los que amaba.

La noticia hecha pólvora

En las horas siguientes, la noticia corrió como pólvora en Olanchito. En su aldea, Ada se dedica al comercio de ropa usada y administra el bar en el que comenzó esta tragedia.

En ese momento había un velorio acá en otra comunidad. Mi hija había quedado con un amigo que iban a ir. Yo pienso que están en el velorio. Yo no miré tampoco cuando ella salió ni cuando el carro en el que andaba ese hombre se fue”, recuerda Ada, la madre de Lisby.

Las horas transcurrieron y mientras Lisby libraba su peor pesadilla, la muerte de Mártir Adonay se posó como una nube negra sobre todo Olanchito. Un amigo de la familia Bardales llegó al bar de Ada. Ella recuerda que él le preguntó:

¿Y Lisby con quién se fue?

Esa pregunta fue como un golpe en su pecho.

Pues no, le dije, ¿qué pasa?”.

Su corazón comenzó a latir excesivamente, mientras escuchó lo peor que una madre desearía saber.

Ella mató a un hombre”.

Sin saber nada y mucho menos comprender qué había pasado, el mundo de Ada se derrumbó en ese momento. Ella lo describe como “algo inexplicable, yo sentí se me aguadaron los pies, una cosa horrible, yo sentí que el mundo se me venía encima”.

Y eso fue exactamente lo que ocurrió. Ella comenzó a hacer sus averiguaciones, se movilizó a la policía para saber sobre su hija.

Sí mamá, me dice, tuve que hacerlo porque él me trajo obligada; me amenazó que me la iba a matar a usted o que me iba a matar a mi hija. Entonces, él me trajo a punta de pistola y tuve que hacerlo. Me dice, yo ya me entregué a la Justicia, ya llamé al 911 para que vengan por mí”, narra entre los sollozos que le arrancan los recuerdos de ese fatídico día.

Foto: Marvin Valladares.

El torbellino judicial y social de Lisby

Lo que siguió después fue un torbellino judicial y social. La verdad pronto quedó atrapada entre expedientes fríos y formalismos de un sistema de justicia que trató con crueldad a una joven que para las organizaciones que promueven la defensa de su caso, de víctima pasó a convertirse en victimaria.

Para los habitantes de su aldea, Lisby también era y sigue siendo inocente. Por eso, al día siguiente de los hechos, afuera, en las calles, frente a los juzgados de Olanchito, muchos marcharon en su nombre, convencidos de su inocencia.

Libertad, libertad… liberen a Lisby”, “queremos justicia para Lisby”, decían.

Algunos de los manifestantes opinaron sobre el fondo del tema.

La verdad, la ley tiene que ser pareja porque ella es una muchacha muy tranquila, todo mundo la conocemos y no merece esta situación. Hay hombres que, solo porque nos creemos hombres, creemos que, dejamos a la mujer a un lado. Es una injusticia que un hombre quiera abusar de una mujer así, y eso no es ser hombre”, dijo un aldeano a los medios locales el día de la protesta.

De esta forma, durante el tiempo en que se desarrolló la audiencia de declaración de imputado, vecinos, amistades y familiares de Lisby marcharon en su defensa. Todos coincidían en la misma descripción: era una muchacha tranquila, servicial, incapaz de matar, salvo que la obligaran las circunstancias. Por eso, con consignas, demandaban justicia a poder judicial que se resistió a enjuiciarla como víctima.

Ana Bardales es prima y una de las mejores amigas de Lisby. Frente a la cancha de fútbol de la aldea, rememoró los gloriosos momentos que vivió al lado de una joven a quien describe como dulce, con quien creció, pero que ahora estaba siendo interpelada por la justicia, como una asesina.

“Jugábamos aquí y veníamos todas las tardes a practicar; habíamos priorizado el fútbol nosotras, el pasatiempo era mantenernos aquí en la cancha”.

Para Ana y las otras compañeras de fútbol de Lisby, la noticia fue como un balde de agua fría lanzado a sus rostros.

Fue como una bomba. No lo podíamos creer, pero tratamos de asimilar y llevarnos esto con calma y siempre apoyándola, no dejándola sola”.

El relato de los medios de comunicación y del Ministerio Público

Y mientras las protestas en apoyo a Lisby continuaban protagonizadas por un pueblo que demandaba justicia para la joven, una narrativa distinta se construía desde los medios de comunicación.

El 6 julio de 2021, el diario La Prensa publicó una nota periodística intitulada “Mujer llevó la pistola al motel con la que mató a hombre por venganza». Mientras, Canal 11 informaba: “Mujer utilizó el arma de su víctima para matarlo en el motel por supuesta venganza”.

El propio Ministerio Público (MP) también se sumaba a la construcción de una narrativa de culpabilidad anticipada. Un comunicado que emitió el 10 de julio, tenía el siguiente titular: “Decretan detención judicial a joven acusada de matar a hombre dentro de un motel».

El comunicado también estableció que “La conducta de la imputada se califica como delito de porte ilegal de arma de fuego permitida y homicidio, tipificados en los artículos 585 y 92 del Código Penal en relación con el artículo 24 y 25 del mismo cuerpo legal”.

Con este tipo de titulares, los medios de comunicación y el MP no solo informaron, sino que formularon acusación antes de que existiera un proceso judicial concluido. Palabras como “llevó la pistola”, “por venganza” o “utilizó el arma de su víctima” instalaron en la opinión pública la idea de que la joven actuó con premeditación, cuando todavía no se había investigado el caso a fondo. Esto equivale a un juicio mediático anticipado.

Foto: Marvin Valladares

Reproducción de estereotipos y sesgos

En el contexto hondureño, los medios de comunicación suelen presentar a mujeres jóvenes en casos de violencia con un doble estigma: por un lado, como “peligrosas” o “frías” y, por otro, invisibilizando el hecho de que pudieron haber sido víctimas de amenazas, coacción o violencia previa.

Según Dulce Davis, psicóloga y experta en temas de género del Centro de Estudio para la Democracia (CESPAD), “la palabra venganza carga connotaciones emocionales que refuerzan esa imagen y que desplazan el foco de lo esencial, la investigación de lo que ocurrió”.

Davis agrega que “cuando la prensa difunde narrativas acusatorias desde el inicio, puede influir en fiscales, jueces y jurados (directa o indirectamente) y condicionar la percepción de familiares, vecinos y sociedad en general. Eso puede derivar en un ambiente de hostilidad hacia la joven, aun si después se prueban circunstancias de legítima defensa”.

Este tipo de titulares son un ejemplo de criminalización mediática temprana, en la que se sustituye la investigación judicial por un relato que encasilla a la persona como victimaria.

Mediante un procedimiento abreviado, Lisby Allen Bardales fue sentenciada a 11 años y tres meses de prisión, en el juzgado de Letras de Olanchito. Aunque gritó a los cuatro vientos que fue sobreviviente de violencia sexual y víctima de las circunstancias, ante los tribunales decidió renunciar al juicio oral y consentir su vinculación con las pruebas de la investigación, a cambio de una pena aminorada.

A quienes aplicaron la justicia en su caso se les olvidó tomar en cuenta el terror de aquellas dos horas en el motel Palmeras. Y así, la historia de Lisby se convirtió en algo más que la historia de una joven de Olanchito. Es también la muestra de cómo una víctima puede ser convertida en victimaria en cuestión de horas, por el juicio social.

¿Cuál es tu anhelo más grande?, le pregunté a Lisby.

Salir de este lugar, poder estar con mi hija, con mi mamá y dedicarle el tiempo perdido que yo he estado en este lugar, todo el tiempo perdido; darle el amor que, pues, lo tiene perdido porque yo acá”, respondió.

 

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