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Coronada Vásquez: 69 años de vida, una semilla de rebeldía y el rugido lenca que el luto no puede callar

Escrito por Claudia Mendoza

Entre las mantas, las consignas, las pañoletas y los performances que inundaron las calles y bulevares de Tegucigalpa, en noviembre de 2025, la piel surcada de Coronada Vásquez narraba una historia desconocida. A sus 69 años, esta mujer Lenca no caminaba sobre el asfalto de la ciudad por inercia. Caminaba por una convicción que brotó en las montañas de La Paz y que tiene una historia de fondo, digna de narrar.

Coronada Vásquez no nació feminista. Su compromiso se fue gestando a lo largo de su camino hacia la adultez. Actualmente, dedica su tiempo para apoyar a otras mujeres que enfrentan violencia, “debido al desconocimiento de sus derechos”, afirma. Por eso, la vimos avanzar al ritmo de la música y el bullicio de las decenas de mujeres que marcharon el 25 de noviembre de 2025, fecha en la que se conmemoró el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer[1]. Ella llevaba en las manos una mariposa de papel, lucía un pañuelo azul celeste en su cabeza y un vestido rosa, que representa una resignificación de la feminidad.

Coronada no era una espectadora, sino una protagonista que caminó a la par de las más jóvenes, representando esa intersección vital entre la identidad indígena lenca, la resiliencia de la edad adulta y el activismo de base en Honduras.

Fui porque es necesario seguir luchando por los derechos de las mujeres; hay que gritar para que se nos oiga”, dijo cuando le pregunté por qué estaba en las calles de Tegucigalpa, ese 25 de noviembre.

De las montañas de La Paz a la lucha por causas sociales

El 14 de abril de 2026, su madre, Tiburcia Vásquez Corea cumplirá 95 años de edad. Ese dato lo destacó con gran orgullo y su voz se llenó de emoción al recordar que ella fue la mujer que luchó, en medio de una punzante pobreza, para criarla junto a sus hermanos en las montañas de La Paz.

Mi infancia fue triste porque una madre soltera no le puede dar todo lo que quiere a un hijo. Sólo me puso en el primer grado de la escuela”, dice, al rememorar lo que vivió de niña en Las Crucitas de María, un pueblo del municipio de Santa María, en el departamento de La Paz.

Desde muy niña, Coronada apoyó a su madre a sembrar las parcelas de tierra con maíz, maicillo, malanga y frijoles, para alimentar a la familia. La dureza del trabajo en el campo la fue convirtiendo en la mujer fuerte y resiliente que actualmente es.

Cuando tenía 37 me dije, hay que aprender a leer y a escribir porque sólo tenía primer grado encima”. En ese momento decidió matricularse en el programa EDUCATODOS, una iniciativa de educación alternativa y flexible, diseñada para alfabetizar y brindar educación básica y media a jóvenes y adultos excluidos del sistema tradicional, especialmente en zonas rurales. Para ese entonces, Coronada ya era esposa y madre.

Coronada Vásquez en su hogar en Santa María, La Paz.

El despertar: el «gusanito» del conocimiento

Aprobar toda su educación primaria hizo una especie de “clic” en la mente de Coronada, en una edad en la cual la sociedad suele pedir a las mujeres que se retiren, que cuiden de su hogar y su familia.

En esa época, cerca de sus 40, esta dulce mujer tuvo su primer encuentro con el feminismo. La educación y la formación fueron la válvula de liberación, y el lenguaje de derechos humanos, en especial de los derechos de las mujeres, comenzó a transformar su percepción personal.

Comencé a recibir capacitaciones de derechos de las mujeres ya bien grande, con esta gente de la oficina municipal de las mujeres. Me metí en la red que tenían y ya no paré nunca”, dice con un tono de voz que deja al descubierto el orgullo que siente.

De forma muy disciplinada, Coronada culminó sus primeros nueve módulos sobre derechos de las mujeres. Desde entonces, no ha dejado de capacitarse, una decisión que la ha llevado a transformarse de alumna a guía. Actualmente, en Las Crucitas de María, aprovecha su experiencia para orientar y apoyar a otras mujeres rurales.

Se les ha quitado el temor para defenderse de la violencia. Ha servido para poderse defender porque uno, a veces, del miedo no halla que decir, que hacer. A las compañeras les doy fuerza, palabra de aliento”, afirma.

Coronada dice que conocer sobre “los derechos de nosotras las mujeres y de género” ha sido muy importante. “El que muchas mujeres se defiendan con la ley, y que ya no se dejen intimidar de la violencia es una bendición”, acota.

Estos pasos llevaron a Coronada a un nuevo escenario que le abrió un amplio horizonte de conocimiento: las luchas sociales por la defensa de los bienes comunes de la naturaleza y la violencia que enfrentan en su lucha, incluyendo el asesinato de líderes y lideresas ambientalistas.

Yo he estado en protestas y caminatas para que se sepa quién asesinó a Juan López”, afirma, y añade que una de sus recientes movilizaciones tuvo como objetivo unirse a los pobladores del Sector Medina, quienes en Puerto Cortés se oponen a las operaciones de la empresa Agregados del Caribe S.A. (AGRECASA)[2], debido a los daños ambientales causados en la zona.

El vía crucis: la desaparición y pérdida de su hijo

Mientras dedica su tiempo a orientar a otras mujeres en su comunidad, Coronada carga con una herida abierta: la memoria de su hijo, arrebatado por una violencia que ella atribuye a su propio despertar social.

José Alfredo Rodríguez Vásquez era uno de sus hijos menores. Según su relato, tenía 29 años de edad cuando desapareció, el 29 de marzo de 2025.

En esta parte de la historia, Coronada llora, solloza y guarda silencio. “Era el que pasaba con mi esposo y conmigo. Viera cuánto nos ayudaba; era el que andaba conmigo en la lucha; juntos fuimos a Cortés a luchar contra la instalación de la mina”.

Con la tristeza que le embarga al recordar este duro episodio, Coronada exterioriza un sentimiento de culpa que no la deja en paz: “cuando vi que ya pasaba uno y otro día, no dije nada porque pensé que seguía trabajando. Pero cuando pasó otro día más me preocupé, pero ya era muy tarde porque lo hallamos en un barranco”.

El cuerpo de José Alfredo fue hallado sin vida el 4 de abril de 2025. Hasta ahora, nadie sabe qué ocurrió exactamente, porque nadie vio ni escuchó nada. No hubo investigaciones sobre su muerte. La única certeza que tiene Coronada es la que ella misma sostiene: cree que su asesinato fue una represalia por su labor social.

Con la voz cargada de tristeza y culpa, Coronada añade, “por andar en defensa de estas cosas, por andar en la defensa. Uno siempre tiene contrarios que no quieren estas cosas. A él mucho lo apetecían porque como lo andaba jalando a las capacitaciones”.

Coronada Vásquez, presente en la marcha del 25 de noviembre de 2025, sumándose a la lucha contra la violencia hacia las mujeres.

El duelo transformado en lucha

Muchas mujeres, como Coronada Vásquez, sobreviven entre las montañas, valles y ríos del interior del país. Cuando despiertan su consciencia, son las primeras en la fila, enfrentando sus propias batallas y, en ocasiones, las de otras. Sin embargo, poco o nada se sabe sobre sus vidas.

Aunque Coronada sufre en silencio la pérdida de su hijo, el dolor, en lugar de recluirla, se ha convertido en el combustible para su activismo. “Uno tiene que sentirse en familia. Uno apoya con ideas, porque uno debe de cooperar con ellas (las mujeres)”, afirma.

Para esta mujer, cuyo rostro es visible en las marchas sin que se conozca a fondo su historia. Protestar, para ella, es el último acto de resistencia de alguien que ya no tiene miedo a nada, con la firme convicción de dejar un legado en este mundo.

[1] https://cespad.org.hn/en-honduras-el-arte-como-demanda-y-memoria/

[2] https://cespad.org.hn/el-estado-de-honduras-no-atiende-las-pruebas-contundentes-mp-continua-criminalizando-a-los-defensores/

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