Escrito por Lucía Figueroa
Kate Orellana, activista digital y creadora de contenido con enfoque de género y derechos humanos.
Kate Orellana tenía claro desde niña que algo estaba mal. Creció en una familia disfuncional, cargando desde temprano con la necesidad de proteger a su mamá y a su hermana de las formas de violencia que habitaban su hogar. No sabía todavía que eso era feminismo. No conocía la palabra, ni la teoría, ni los nombres de las que lucharon antes. Solo sabía que quería que ellas estuvieran seguras, y que cada pequeña cosa que hacía para lograrlo era, sin saberlo, el inicio de un propósito.
Años después, la primera vez que Kate se reconoció en voz alta como feminista fue luego de una violación correctiva. El sistema la falló. La sociedad la juzgó. La justicia nunca llegó. En un país donde la impunidad en delitos sexuales es la regla y no la excepción, Kate atravesó sola lo que ninguna sobreviviente debería atravesar sola. Pero de ese quiebre nació algo:
“El enojo y la furia por desear alzar la voz, entendiendo que lamentablemente no era la única a quien le había sucedido, me llevó a que la pasión por nombrar temas relacionados a la defensa de derechos humanos no solo me salvara, sino le diera paso a los cimientos de mi gran pasión: hablar por quienes temen alzar la voz, hablar para denunciar muchas formas de violencia, hablar porque nombrarlo lo vuelve real aunque el sistema prefiera que no lo sea”.
Hablar la salvó. Y desde entonces, no ha dejado de hacerlo.
Cuando una desconocida le cambió el rumbo
El activismo digital tiene una cara que pocas veces se cuenta: la del desgaste. Detrás de cada video hay una mujer que recibe en su bandeja de entrada tanto testimonios de sobrevivientes como amenazas de muerte. Durante un Enclave por el Derecho a Decidir, Kate estaba considerando dejarlo todo. Las amenazas, los intentos de hackeo de sus redes y la persecución habían empezado a pesar demasiado. Fue en ese momento exacto que una joven se le acercó entre la gente.
La chica le dio las gracias. Kate no entendía por qué, hasta que ella le contó que también había sufrido violencia sexual y que sus videos no solo la habían acompañado, sino motivado a ser activista. Se dieron un abrazo y la joven se marchó sin saber que acababa de cambiar una decisión.
“Lo que ella no sabe es que en ese momento estaba considerando dejar el activismo digital —cuenta Kate—. Entender que aunque solo sea ponerse frente a una pantalla y hablar era más significativo de lo que pensaba, lo cambió todo”.

De la pantalla al territorio
Ese encuentro abrió otra puerta: el trabajo comunitario con niñas en varios municipios de Honduras. Kate lo describe como desgarrador y hermoso al mismo tiempo. Desgarrador por las historias de violencia sexual que las niñas contaban, a veces sin saber siquiera que eso era violencia, porque nadie les había dicho que tenían derecho a que no las tocaran. Lo que podía hacerse era limitado, pero no imposible.

Y hermoso, porque las infancias pueden llegar a enseñar tanto. En una sola visita, las niñas no solo apreciaban las acciones realizadas: le recordaban a Kate que son niñas, que deberían estar jugando y no siendo madres a esa edad. En un país con una de las tasas más altas de embarazo adolescente de América Latina, esa frase no es una metáfora.
Ese trabajo le abrió “todo un mundo nuevo desde otros enfoques”, dice, y también la conciencia de sus propios privilegios. “Ya no solo se trataba de videos, sino también de las posibilidades de realizar acciones más allá de la pantalla”.
Lo que el sistema prefiere que no se nombre
Desde sus redes, Kate ha convertido en contenido lo que los medios tradicionales sistemáticamente distorsionan o silencian. Los titulares que la mueven a hablar son los que normalizan la violencia envolviéndola en lenguaje neutro o directamente revictimizante: un femicida reducido a “celos”, una niña de 13 años a la que machetean y el titular explica que fue “porque no se dejó violar”, una mujer trans asesinada cubierta como “hombre vestido de mujer”.
“No, no era ‘hombre’; era amiga, hermana; era una persona que no merecía ese odio”, dice sobre esa última cobertura. Y recuerda otro caso que la marcó: el de una joven a la que un medio presentó como “la expareja” de un hombre de 75 años, señalándola como mala madre, cuando en realidad se trataba de una adolescente que había sido violentada por ese hombre desde antes de los 13 años. Los medios la atacaron a ella. A él, nunca le dijeron nada.
“Solo de recordarlos me genera un enojo y una impotencia por cómo ‘funciona’ esta sociedad. Algo se puede hacer, por muy mínimo que parezca”.

Su activismo también abraza a las diversidades. Kate documenta y acompaña espacios donde las poblaciones LGBTIQ+ ejercen el derecho a existir públicamente, porque entiende que la lucha contra el odio no se fragmenta: la misma sociedad que justifica al femicida es la que niega el nombre de una mujer trans asesinada.

El costo de hablar
Hablar no ha sido gratuito. Kate perdió un empleo por defender a dos compañeros que estaban siendo violentados en un espacio laboral: él por verse “afeminado”, ella porque no podía denunciar cómo el jefe la tocaba de manera inapropiada, usando su posición de poder para que ninguno hablara. Kate habló. Casi la demandaron —sí, todo un proceso legal—, perdió el trabajo y la llamaron “problemática”.
“Nunca me he arrepentido de lo que hice, y me alegra que mi compañera ahora esté en un lugar seguro”.
En ese mismo lugar de trabajo, en el baño de mujeres, encontró una nota que indicaba que debías ocultar bien tu toalla desechable y cualquier rastro de menstruación, y terminaba con una pregunta: “¿O te gustaría que tu jefe se enterara de que andas menstruando?”. Guardó la foto.
“Desearía que eso fuese una historia de ciencia ficción —dice—, pero en algún lado guardo la foto para recordar que eso pasa a diario. Eso me motivó a hablar de menstruación, de la Ley Rosa y de lo inaccesibles que se vuelven los productos de gestión menstrual”.
Las amenazas de muerte, los intentos de hackeo, la persecución y el desgaste emocional son parte de su cotidianidad digital. Pero también lo son los mensajes de mujeres que le escriben contando sus historias, que le recuerdan por qué empezó. Para Kate, posicionar una narrativa feminista en Honduras hoy significa una cosa muy concreta: que el sistema falla, pero nosotras no.
“Me reconozco feminista por mi historia, pero luego, por las de muchas otras mujeres, adolescentes y niñas que a diario sobreviven en este país, porque no están solas, y yo no estoy sola gracias a ellas. Es una curita al corazón, porque me ha salvado cientos de veces”.
