{"id":457,"date":"2020-05-19T17:46:59","date_gmt":"2020-05-19T17:46:59","guid":{"rendered":"https:\/\/cespad.org.hn\/mujeres\/?p=457"},"modified":"2026-03-23T17:50:04","modified_gmt":"2026-03-23T17:50:04","slug":"analisis-hay-vida-mas-alla-del-capitalismo-pandemia-mujeres-y-resistencia-barrial","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/cespad.org.hn\/mujeres\/analisis-hay-vida-mas-alla-del-capitalismo-pandemia-mujeres-y-resistencia-barrial\/","title":{"rendered":"An\u00e1lisis | Hay vida m\u00e1s all\u00e1 del capitalismo: pandemia, mujeres y resistencia barrial"},"content":{"rendered":"<p><em>Escrito por Ninoska Alonzo y Mar\u00eda Amalia Reyes, feministas<\/em><\/p>\n<p>17 de mayo, 2020<\/p>\n<p>En 1967, Henri Lefebvre defini\u00f3 el derecho a la ciudad como el derecho de los habitantes urbanos -en especial la clase obrera- a construir, decidir y crear la ciudad, y hacer de esta un espacio de lucha anticapitalista [1]. Aunque pol\u00e9mica, hoy se vuelve necesario reubicar esta definici\u00f3n en nuestras discusiones pol\u00edticas debido a la explosi\u00f3n de nuevas luchas urbanas contra las expresiones espaciales del dominio del capital financiero, como la gentrificaci\u00f3n o la degradaci\u00f3n ambiental, pero tambi\u00e9n, por las nuevas formas comunitarias adoptadas en el espacio urbano y sus periferias.<\/p>\n<p>En Honduras, esta apropiaci\u00f3n de la clase obrera respecto a la ciudad se fortaleci\u00f3 en la d\u00e9cada de 1960\u2019s. En esta d\u00e9cada, las migraciones a las ciudades se masificaron, en el marco de la modernizaci\u00f3n estatal. Sin embargo, las condiciones de vivienda de la poblaci\u00f3n eran muy precarias. Ante la hegemon\u00eda estadounidense que demandaba evitar la propagaci\u00f3n del comunismo en Am\u00e9rica Latina, se cre\u00f3 la Alianza para el Progreso (ALPRO), la cual impuls\u00f3 m\u00faltiples proyectos habitacionales en la capital del pa\u00eds: se fund\u00f3 la Colonia John F. Kennedy, Jardines de Loarque, Colonia El Pedregal y Colonia 21 de Octubre.<\/p>\n<p>El Instituto Nacional de la Vivienda (INVA) estableci\u00f3 varias modalidades para la compra de casas, pero la m\u00e1s com\u00fan fue la de ayuda mutua, que consist\u00eda en que el INVA era el responsable del suministro del terreno y los materiales de construcci\u00f3n, debiendo el propietario proveer la mano de obra. Es decir, las personas compradoras constru\u00edan la vivienda con sus propias manos para rebajar su costo. Aunque la ALPRO tenga un penoso trasfondo pol\u00edtico que solo evidencia la relaci\u00f3n subordinada y neocolonial establecida entre el gobierno de los Estados Unidos y nuestros pa\u00edses, lo cierto es que el acto de construir las casas construy\u00f3 tambi\u00e9n una identidad colectiva en torno a la colonia o el barrio. Sin embargo, la construcci\u00f3n de una identidad colectiva, urbana, confluy\u00f3 con las pr\u00e1cticas comunitarias heredadas de la experiencia rural de quienes migraron a la ciudad [2].<\/p>\n<p>Esta convergencia entre la identidad urbana y la herencia comunitaria ha perdurado en el tiempo. Durante toda la segunda mitad del siglo XX y el transcurso del presente siglo ha sido com\u00fan la inmigraci\u00f3n urbana, y con esta, la recuperaci\u00f3n de tierras en las periferias de la ciudad. En la d\u00e9cada de 1990\u2019s, por ejemplo, un grupo de personas decidieron recuperar tierras ubicadas al norte de la capital. Para hacerlo posible, la comunidad se organiz\u00f3 en un patronato que estableci\u00f3 comit\u00e9s de vigilancia integrados por mujeres para proteger el territorio. Algunos a\u00f1os despu\u00e9s, con sus casas ya construidas, lleg\u00f3 una orden de desalojo donde se vio involucrado Mario Facuss\u00e9 Handal, actual presidente de la Corporaci\u00f3n Inmobiliaria S.A. (CISA). El conflicto territorial dio como resultado ocho desalojos violentos y 54 mujeres criminalizadas. Sin embargo, cuando fue aprobada la Ley de la Propiedad en 2004 [3] y su posterior reforma en 2009 [4], fue posible llegar a un acuerdo y, finalmente, la comunidad fue liberada de todo conflicto. Se trata de la colonia Ram\u00f3n Amaya Amador, donde las mujeres organizaron, en el a\u00f1o 2000, la Red de Mujeres contra la Violencia, organizaci\u00f3n que ha sido fundamental para hacer de la comunidad algo posible.<\/p>\n<p>En el 2009, la Red de Mujeres contra la Violencia se organiz\u00f3 para participar activamente en las protestas contra el golpe de Estado. Sin embargo, en la medida en que la protesta se prolongaba, se hac\u00eda m\u00e1s necesario poder garantizar alimentos y agua para recobrar las energ\u00edas y la esperanza. As\u00ed surgi\u00f3 la Olla Comunitaria u Olla de la Solidaridad, que se mantuvo por meses y permiti\u00f3 arreciar las luchas gestadas desde la colonia Ram\u00f3n Amaya Amador.<\/p>\n<p>En la etapa post-golpe, caracterizada por la restauraci\u00f3n y profundizaci\u00f3n del modelo econ\u00f3mico neoliberal, las condiciones se hicieron m\u00e1s dif\u00edciles. En los \u00faltimos diez a\u00f1os, se ha consolidado el pacto patriarcal entre el capital privado, el Estado, y el crimen organizado transnacional. Y lo enunciamos as\u00ed, porque feministas como Rita Segato apuntan que la corporaci\u00f3n mafiosa replica la estructura de la corporaci\u00f3n masculina. Ambas organizaciones, la patriarcal y la mafiosa, son an\u00e1logas en su estructura y funcionamiento [5], pues se perpet\u00faan por medio de la violencia, la dominaci\u00f3n, y el control del territorio-cuerpo (particularmente, los cuerpos-territorios femeninos y feminizados). En septiembre de 2016, en menos de dos semanas, dos mujeres y defensoras fueron asesinadas en la colonia Ram\u00f3n Amaya Amador [6]. La muerte violenta de ambas compa\u00f1eras y la vulnerabilidad sentida, se tradujo en un proceso doloroso y signific\u00f3 un acontecimiento que puso en riesgo el tejido comunitario de la colonia.<\/p>\n<p>Hoy, ante la emergencia del COVID-19, la Red de Mujeres contra la Violencia se ha juntado nuevamente para organizarse ante la situaci\u00f3n de hambre y precariedad que azota a la colonia. Desde que la cuarentena inici\u00f3, pasaron ocho d\u00edas para que la desesperaci\u00f3n se hiciera visible, sobre todo de las mujeres que vend\u00edan condimentos en los mercados de Comayag\u00fcela. En los barrios, que hoy y siempre han estado alejados de la protecci\u00f3n del Estado y tan cerca de la represi\u00f3n, la mayor\u00eda genera ingresos en el d\u00eda a d\u00eda. Cansadas y preocupadas por la situaci\u00f3n, se organizaron para hacer posible la Olla Comunitaria. A partir del contacto entre redes feministas, se ajust\u00f3 lo suficiente para hacer noventa platos de comida diarios para el almuerzo y 90 bebidas calientes para la cena. Aunque no todos los d\u00edas se hace posible, cada d\u00eda que pasa se redoblan esfuerzos para poder comprar verduras, arroz, frijoles, pastas, y repartir platos de comida entre m\u00e1s de veinte familias.<\/p>\n<p>Para la Red de Mujeres contra la Violencia de la colonia Ram\u00f3n Amaya Amador, la Olla Comunitaria es un proyecto de vida que tiene que cuidarse, porque garantiza alimentar peque\u00f1as c\u00e9lulas y sostener las resistencias. Adem\u00e1s, es un proyecto que permite colectivizar el trabajo de los cuidados en toda la comunidad. En varias ocasiones, como el 25 de abril, se organiz\u00f3 un cacerolazo para exigir al gobierno de Honduras que lleve bolsas de comida, sin respuesta alguna. Pese a ello, el pasado lunes 11 de mayo se celebr\u00f3 el d\u00eda de las madres. Con una donaci\u00f3n, se compr\u00f3 y cocin\u00f3 yuca con chicharr\u00f3n, se hizo jugo de tamarindo, y la celebraci\u00f3n culmin\u00f3 con un pastel.<\/p>\n<p>Hoy m\u00e1s que nunca es preciso resistir. Siglos de resistencias nos ense\u00f1an que resistir, adem\u00e1s, es crear nuevas formas de vida y producir otros saberes. Esa visi\u00f3n del mundo se imprime en el proyecto de la Olla Comunitaria, que es un proyecto de vida, pero tambi\u00e9n es una apuesta pol\u00edtica feminista y de barrio. Es decir, nace de la necesidad de las mujeres por construir formas no-b\u00e9licas de coexistir, por el buen vivir y la defensa del derecho a la ciudad que propusiera Lefebvre hace d\u00e9cadas. Hoy nos enfrentamos a un futuro que no es posible imaginar, que nadie puede imaginarse, lo que alimenta el ambiente de incertidumbre generalizada. Nos encontramos, adem\u00e1s, inmersas en un presente donde pareciera que, en palabras de Harvey, \u201cel COVID-19 constituye una venganza de la naturaleza por m\u00e1s de cuarenta a\u00f1os de grosero y abusivo maltrato a manos de un violento y desregulado extractivismo neoliberal\u201d [7]. Sin embargo, el intercambio de saberes y experiencias nos han ense\u00f1ado que es posible creer que hay vida m\u00e1s all\u00e1 del capitalismo.<\/p>\n<p><a href=\"https:\/\/cespad.org.hn\/mujeres\/wp-content\/uploads\/2026\/03\/Analisis23-CESPAD-1.pdf\">Ana\u0301lisis 23-CESPAD-1<\/a><\/p>\n<p><strong>Referencias<\/strong><\/p>\n<p>[1] Molano Camargo, Frank. \u201cEl derecho a la ciudad: de Henri Lefebvre a los an\u00e1lisis sobre la ciudad capitalista contempor\u00e1nea\u201d, en\u00a0<em>Revista Folios<\/em>, n\u00fam. 44, julio-diciembre, 2016.<\/p>\n<p>[2] Alonzo, Ninoska.\u00a0<em>El derecho a la ciudad: Migraci\u00f3n urbana en el contexto de la Alianza para el Progreso en Honduras (1961-1970)<\/em>\u00a0(Ensayo in\u00e9dito). Tegucigalpa, Honduras, 2019.<\/p>\n<p>[3] Congreso Nacional. \u00abLey de Propiedad\u00bb.\u00a0<em>La Gaceta<\/em>. Tegucigalpa, 2004.<\/p>\n<p>[4] Congreso Nacional. \u00abReforma a la Ley de Propiedad\u00bb.\u00a0<em>La Gaceta<\/em>. Tegucigalpa, 2009.<\/p>\n<p>[5] Segato, Rita.\u00a0<em>Contra-pedagog\u00edas de la crueldad<\/em>. Buenos Aires: Editorial Prometeo, 2018, p. 48.<\/p>\n<p>[6] \u00abTerror Para Las Defensoras Que Viven En Colonias Marginadas\u00bb.\u00a0<em>Pasosdeanimalgrande.Com<\/em>. 2016.<\/p>\n<p>[7] Harvey, David. \u00abPol\u00edtica anticapitalista en tiempos de COVID-19\u00bb.\u00a0<em>SinPermiso<\/em>. 22 de marzo del 2020.<\/p>\n<div class=\"td-a-rec td-a-rec-id-content_bottom  \">\n<div class=\"td-all-devices\"><\/div>\n<\/div>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Escrito por Ninoska Alonzo y Mar\u00eda Amalia Reyes, feministas 17 de mayo, 2020 En 1967, Henri Lefebvre defini\u00f3 el derecho a la ciudad como el derecho de los habitantes urbanos -en especial la clase obrera- a construir, decidir y crear la ciudad, y hacer de esta un espacio de lucha anticapitalista [1]. Aunque pol\u00e9mica, hoy se vuelve necesario reubicar esta definici\u00f3n en nuestras discusiones pol\u00edticas debido a la explosi\u00f3n de nuevas luchas urbanas contra las expresiones espaciales del dominio del capital financiero, como la gentrificaci\u00f3n o la degradaci\u00f3n ambiental, pero tambi\u00e9n, por las nuevas formas comunitarias adoptadas en el espacio urbano y sus periferias. En Honduras, esta apropiaci\u00f3n de la clase obrera respecto a la ciudad se fortaleci\u00f3 en la d\u00e9cada de 1960\u2019s. En esta d\u00e9cada, las migraciones a las ciudades se masificaron, en el marco de la modernizaci\u00f3n estatal. Sin embargo, las condiciones de vivienda de la poblaci\u00f3n eran muy precarias. Ante la hegemon\u00eda estadounidense que demandaba evitar la propagaci\u00f3n del comunismo en Am\u00e9rica Latina, se cre\u00f3 la Alianza para el Progreso (ALPRO), la cual impuls\u00f3 m\u00faltiples proyectos habitacionales en la capital del pa\u00eds: se fund\u00f3 la Colonia John F. Kennedy, Jardines de Loarque, Colonia El Pedregal y Colonia 21 de Octubre. El Instituto Nacional de la Vivienda (INVA) estableci\u00f3 varias modalidades para la compra de casas, pero la m\u00e1s com\u00fan fue la de ayuda mutua, que consist\u00eda en que el INVA era el responsable del suministro del terreno y los materiales de construcci\u00f3n, debiendo el propietario proveer la mano de obra. Es decir, las personas compradoras constru\u00edan la vivienda con sus propias manos para rebajar su costo. Aunque la ALPRO tenga un penoso trasfondo pol\u00edtico que solo evidencia la relaci\u00f3n subordinada y neocolonial establecida entre el gobierno de los Estados Unidos y nuestros pa\u00edses, lo cierto es que el acto de construir las casas construy\u00f3 tambi\u00e9n una identidad colectiva en torno a la colonia o el barrio. Sin embargo, la construcci\u00f3n de una identidad colectiva, urbana, confluy\u00f3 con las pr\u00e1cticas comunitarias heredadas de la experiencia rural de quienes migraron a la ciudad [2]. Esta convergencia entre la identidad urbana y la herencia comunitaria ha perdurado en el tiempo. Durante toda la segunda mitad del siglo XX y el transcurso del presente siglo ha sido com\u00fan la inmigraci\u00f3n urbana, y con esta, la recuperaci\u00f3n de tierras en las periferias de la ciudad. En la d\u00e9cada de 1990\u2019s, por ejemplo, un grupo de personas decidieron recuperar tierras ubicadas al norte de la capital. Para hacerlo posible, la comunidad se organiz\u00f3 en un patronato que estableci\u00f3 comit\u00e9s de vigilancia integrados por mujeres para proteger el territorio. Algunos a\u00f1os despu\u00e9s, con sus casas ya construidas, lleg\u00f3 una orden de desalojo donde se vio involucrado Mario Facuss\u00e9 Handal, actual presidente de la Corporaci\u00f3n Inmobiliaria S.A. (CISA). El conflicto territorial dio como resultado ocho desalojos violentos y 54 mujeres criminalizadas. Sin embargo, cuando fue aprobada la Ley de la Propiedad en 2004 [3] y su posterior reforma en 2009 [4], fue posible llegar a un acuerdo y, finalmente, la comunidad fue liberada de todo conflicto. Se trata de la colonia Ram\u00f3n Amaya Amador, donde las mujeres organizaron, en el a\u00f1o 2000, la Red de Mujeres contra la Violencia, organizaci\u00f3n que ha sido fundamental para hacer de la comunidad algo posible. En el 2009, la Red de Mujeres contra la Violencia se organiz\u00f3 para participar activamente en las protestas contra el golpe de Estado. Sin embargo, en la medida en que la protesta se prolongaba, se hac\u00eda m\u00e1s necesario poder garantizar alimentos y agua para recobrar las energ\u00edas y la esperanza. As\u00ed surgi\u00f3 la Olla Comunitaria u Olla de la Solidaridad, que se mantuvo por meses y permiti\u00f3 arreciar las luchas gestadas desde la colonia Ram\u00f3n Amaya Amador. En la etapa post-golpe, caracterizada por la restauraci\u00f3n y profundizaci\u00f3n del modelo econ\u00f3mico neoliberal, las condiciones se hicieron m\u00e1s dif\u00edciles. En los \u00faltimos diez a\u00f1os, se ha consolidado el pacto patriarcal entre el capital privado, el Estado, y el crimen organizado transnacional. Y lo enunciamos as\u00ed, porque feministas como Rita Segato apuntan que la corporaci\u00f3n mafiosa replica la estructura de la corporaci\u00f3n masculina. Ambas organizaciones, la patriarcal y la mafiosa, son an\u00e1logas en su estructura y funcionamiento [5], pues se perpet\u00faan por medio de la violencia, la dominaci\u00f3n, y el control del territorio-cuerpo (particularmente, los cuerpos-territorios femeninos y feminizados). En septiembre de 2016, en menos de dos semanas, dos mujeres y defensoras fueron asesinadas en la colonia Ram\u00f3n Amaya Amador [6]. La muerte violenta de ambas compa\u00f1eras y la vulnerabilidad sentida, se tradujo en un proceso doloroso y signific\u00f3 un acontecimiento que puso en riesgo el tejido comunitario de la colonia. Hoy, ante la emergencia del COVID-19, la Red de Mujeres contra la Violencia se ha juntado nuevamente para organizarse ante la situaci\u00f3n de hambre y precariedad que azota a la colonia. Desde que la cuarentena inici\u00f3, pasaron ocho d\u00edas para que la desesperaci\u00f3n se hiciera visible, sobre todo de las mujeres que vend\u00edan condimentos en los mercados de Comayag\u00fcela. En los barrios, que hoy y siempre han estado alejados de la protecci\u00f3n del Estado y tan cerca de la represi\u00f3n, la mayor\u00eda genera ingresos en el d\u00eda a d\u00eda. Cansadas y preocupadas por la situaci\u00f3n, se organizaron para hacer posible la Olla Comunitaria. A partir del contacto entre redes feministas, se ajust\u00f3 lo suficiente para hacer noventa platos de comida diarios para el almuerzo y 90 bebidas calientes para la cena. Aunque no todos los d\u00edas se hace posible, cada d\u00eda que pasa se redoblan esfuerzos para poder comprar verduras, arroz, frijoles, pastas, y repartir platos de comida entre m\u00e1s de veinte familias. Para la Red de Mujeres contra la Violencia de la colonia Ram\u00f3n Amaya Amador, la Olla Comunitaria es un proyecto de vida que tiene que cuidarse, porque garantiza alimentar peque\u00f1as c\u00e9lulas y sostener las resistencias. Adem\u00e1s, es un proyecto que permite colectivizar el trabajo de los cuidados en toda la comunidad. 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