A cientos de kilómetros de distancia, lejanas de los centros urbanos donde se toman las decisiones que afectan a todo el país, un grupo de mujeres Garífunas “nada contra la corriente”. Se enfrentan a las consecuencias del abandono o a las consecuencias de decisiones dañinas adoptadas por las autoridades de su país. Esta es la historia de las diversas luchas que libran las mujeres garífunas de Santa Rosa del Aguán. Entre carcajadas y colores, como suelen ser las mujeres Garífunas, nos adentramos a conocer la historia de la diversidad de peripecias que enfrentar decenas de mujeres de Santa Rosa del Aguán, en el departamento de Colón, a orillas del mar caribe de Honduras, para defender los derechos de los hijos e hijas de su pueblo. Décadas de abandono Hace veinte años, Santa Rosa de Aguán fue noticia porque el pueblo fue severamente azotado por el huracán Mitch, que dejó decenas de muertos, cientos de viviendas destruidas y una parte de la comunidad quedó para siempre, literalmente, bajo el agua. De hecho, en un área de la comunidad, donde antes había carretera ahora se cruza en lancha. El colegio y muchas casas siguen ahí en el fondo de la laguna que se negó a retirarse de los terrenos inundados. Las personas que se salvaron fundaron nuevas colonias como Las Lomas, Betesda y otras que conforman el sector de La Barra del Aguán. Allí, en estas tierras lejanas y abandonadas, Natlín Marín y Judith Castillo, junto a decenas de mujeres garífunas han tenido que enfrentarse a empresas que han llegado a la zona con proyectos de presunto desarrollo, que amenazan con desastres ambientales. También a la defensa férrea del derecho a la educación y la salud, e impulsar iniciativas para el mejoramiento de la comunidad. No resulta fácil para estas mujeres. Natlín tiene seis hijos y Judith otros seis. Deben levantarse muy temprano, hacer los quehaceres de la casa, despachar los niños a la escuela, dejar la comida lista en casa y conservar aún las energías suficientes para contribuir entusiastas en actividades del patronato, en actividades culturales, sociedad de madres de familia y de otras que su pueblo demande. De igual manera les toca a las demás mujeres luchadoras como Nicolasa Ocampo, Silvia Bodden, Mercedes Blanco, Galata Arzú, Lesbia Arzú y otras que a veces han tenido hasta que exponerse a la represión policial y las amenazas de autoridades. “Aquí en la Barra casi todas las luchas las emprendemos las mujeres, a los hombres de lucha no sé qué les pasa, creo están en extinción…”, dice Natlín, mientras ríe. Las difíciles luchas Uno de esos proyectos de supuesto desarrollo contra el cual tuvieron que luchar fue la desviación del caudaloso rio Aguán, realizada por empresarios y autorizada por el gobierno hace más de diez años. No lo detuvieron a pesar de las múltiples protestas y ahora resultan las consecuencias: el cauce artificial se encuentra lleno de sedimento y las aguas amenazan con inundar, en los meses de invierno, por lo menos a unas once comunidades aledañas. Las mujeres y las familias que ya vivieron la terrible experiencia no quieren ver nuevamente sus casas destruidas por las inundaciones y resulta justa y necesaria la demanda que hacen para que se realice el dragado del río o la deseable pero remota posibilidad, de regresarlo a su cauce natural. Otro proyecto de “desarrollo” que impulsa el gobierno es instalar una refinería en la costa de Santa Rosa de Aguán. Las comunidades lo rechazaron en un Cabildo Abierto Municipal, dirigido por el edil Pablo Castro Gonzales. A pesar de la oposición del pueblo, el gobierno no ha desestimado el proyecto de la refinería, el que para las mujeres garífunas afectaría seriamente la biodiversidad de la zona, la pesca y el potencial turístico local. Luchan por el derecho a la salud y educación Natlin Marin. “Hemos peleado por la plaza de la médico-odontóloga del centro de salud; impedimos que se la llevarán pero nos han dejado la atención solo por dos días. Aquí no hay otros médicos asistenciales; a la enfermera le toca hacerlo todo, hasta de aseadora”, comentó Natlín Marín, contenta del logro de la lucha, al tiempo que señala la necesidad de más personal médico y el equipamiento del centro de salud. Pero si en el área de la salud la situación está “cuesta arriba”, en el ámbito de la educación es peor. Este grupo de mujeres lucha en este preciso momento para que no les quiten a la escuela José Cecilio Del Valle, de La Barra, una plaza que dejó una maestra que se jubiló. Desde hace un mes los niños y niñas del sexto grado no tienen clases porque el Director Distrital, Carlos Abel López, no quiere asignar el o la sustituta de la docente jubilada. Natlin es madre de un niño de sexto grado y como lideresa y afectada con el problema, dirigió una asamblea comunitaria en los últimos días del mes de agosto en la que se emplazó al Director Distrital para que devuelva la plaza docente. Pese a los argumentos de ser Escuela Intercultural y Bilingüe (EIB), reconocida por su calidad y eficiencia, y de estar bajo el amparo del Convenio Internacional 169 Sobre Pueblos indígenas y Tribales, el funcionario aseguró que estaba fuera de sus manos la solución al problema, afirman. Marín considera que no hay voluntad política del Director Distrital y de otros funcionarios de gobierno que muestran su racismo al no atender los reclamos de las comunidades negras. “En este caso lo que existe es la intención de quitar todas las plazas de las escuelas EIB y trasladarlas a otras comunidades para favorecer a sus allegados de filiación nacionalista”, dijo la lideresa garífuna. En vez de que les quiten lo poco que ya tienen, los jóvenes garífunas de La Barra opinan que debería renovarse la escuela y el colegio, incluyendo la apertura de bibliotecas. Piden, además, que mejoren la cancha de basquetbol y la de fútbol, que se construya un parque y que para el futuro