Al Hospital Leonardo Martínez llegó una joven de 16 años a quien llamaremos Rosa, por razones obvias. Lloraba por los fuertes dolores en su vientre. Con la información brindada por su madre y ella misma, el personal que la atendió consideró que se trataba de un caso de “ovario retorcido” a consecuencia de un quiste. El doctor Benjamín Mena (ginecólogo), llegó para atender la emergencia. Después de examinar a la joven el diagnóstico cambió totalmente. Los fuertes dolores de la muchacha no eran por ningún quiste en sus ovarios: “estás a punto de parir un bebé”, le dijo. Pero la joven aún negaba estar embarazada. Afuera, angustiada, la madre esperaba para conocer de la “enfermedad” de su hija. Cuando le dijeron que se trataba de un parto se quedó callada y con la espalda pegada a la pared se fue deslizando hasta quedar sentada, para posteriormente desmayarse. En su casa nunca notaron nada porque durante los nueve meses la muchacha ocultó el embarazo fajándose el abdomen, una situación que puede causar daños cerebrales al bebé al dificultarle la circulación. En este caso no pasó nada confirma el doctor, pues a la niña que nació la atendió muchos años después, ya convertida en mujer, aunque nunca le ha revelado que él mismo fue quien la recibió al llegar a este mundo. La historia anterior sucedió hace unos 20 años. Desde entonces la Secretaría de Salud, a tono con los lineamientos de los organismos internacionales, ha reconocido el alto número de embarazos en adolescentes como un grave problema social; sin embargo, las estrategias para reducirlos se han quedado en el papel y la cantidad de adolescentes embarazadas crece, año tras año. 20 años después, la historia continúa Al igual que la joven de la historia, muchas jovencitas han replicado con creces esa situación y dos décadas después, el escenario sigue igual o peor. Y de hecho, Honduras ha llegado a ocupar el segundo lugar en América Latina en embarazos de adolescentes. En el año 2017 en el país se registraron 101 partos de adolescentes por cada 1, 000 embarazos de todas las edades. Son alrededor de 30 mil jovencitas que cada año se embarazan antes de los 19 años. La cifra debe ser mucho mayor si se consideran los casos no registrados que acontecen en la zona rural o en las familias de escasos recursos económicos que no tienen acceso a centros asistenciales de salud. El embarazo de adolescentes es un problema social que se ha convertido en «el mayor desafío para la región en términos de derechos sexuales y reproductivos», indica la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en su Informe del Estado de la Población Mundial 2017. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el riesgo de muerte materna es el doble en las menores de 15 años que en las mujeres de edad adulta. Sin embargo, el mayor impacto del embarazo en adolescentes es psicológico y las consecuencias socioeconómicas son para toda la vida. Atrapadas en el círculo vicioso de la pobreza En su Informe del Estado de la Población Mundial 2017, la ONU confirma que en la región hay una estrecha relación entre la pobreza y las crecientes tasas de fecundidad entre las mujeres más jóvenes. El reporte global del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA), por su parte, establece cómo las disparidades en ingresos, educación y empleo impactan en los derechos sexuales y reproductivos. «El embarazo adolescente es un fenómeno de la pobreza de América Latina; el peso de la inequidad es más contundente porque es la región más desigual», comentó sobre el informe Esteban Caballero, director para Latinoamérica del UNFPA. El embarazo de adolescentes ha creado en un «círculo vicioso» de desigualdad que impide a las mujeres y a sus hijos salir de la pobreza. La diferencia es notable: mientras en el 20% la población más pobre en Honduras, 31 de cada cien adolescentes se embarazan antes de los 19 años, del otro extremo, en el 20% más rico, el porcentaje de adolescentes embarazadas baja drásticamente a 9.6%. El problema social tiene una relación estrecha con la educación. Según documentos de la Secretaría de Salud los embarazos adolescentes disminuyen al aumentar los niveles de escolaridad. Entre las jóvenes sin ninguna educación casi la mitad salen embarazadas; un 46% y 42% en las que solo cursaron de 1 a 3 años de escuela primaria. Baja considerablemente el porcentaje a 29, entre las que estudiaron de 4 a 6 años de primaria y hasta un 11% en las jovencitas con educación secundaria. El círculo vicioso de la pobreza se afianza porque la joven que se embaraza tiene mayores dificultades para trabajar. Los empleos a los que puede acceder no son los mejores porque su situación le impidió iniciar o continuar sus estudios; apenas un tercio de las madres adolescentes terminan la escuela secundaria y reciben un diploma. El no acceder a mejores empleos limita los ingresos que le permitirían mejorar económicamente a la joven madre, quien con frecuencia tiene que atender sola a su hijo, por el abandono del padre. El niño o niña crecerá entonces pobre y se cumple de esta manera un “ciclo de transmisión intergeneracional de la pobreza”. Lo anterior permite concluir que una adolescente rural, pobre y con bajo nivel de escolaridad, tiene una probabilidad mucho más elevada de quedar embarazada y, asimismo, de continuar en la pobreza junto a sus descendientes. Las estrategias y metas del gobierno se quedan en el papel El gobierno reconoce que el alto índice de adolescentes embarazadas es un problema social, identifica los daños que tiene para la salud de la madre y el bebé, y las consecuencias para la familia. En el 2012, la Secretaría de Salud elaboró, para cinco años, una Estrategia Nacional para la prevención de embarazos Adolescentes en Honduras (ENAPREAH), en la que se planteaba que “Es importante que el país cuente con planes, programas y proyectos de prevención de embarazos en adolescentes que aborden las consecuencias que esto trae