Por Claudia Mendoza Periodista y analista del CESPAD  Iris Carías tuvo que correr hasta un cerro, cerca de su casa, donde durmió entre matorrales para evitar que su marido la asesinara; Gabriela López aguanta cada día los insultos y amenazas de golpes de su propio hijo y Sofía Soto se quedó sin empleo porque la familia donde trabajaba la maltrataba y la explotaba. Miles de historias de mujeres que han sobrevivido a la violencia se dibujan durante la pandemia, víctimas, además, de un sistema que sólo las toma en cuenta como estadísticas o números. Los nombres de estas mujeres fueron cambiados pero sus historias son reales. Son, apenas, tres crudos y fuertes testimonios de entre unas 58 mil 688 mujeres que, de acuerdo con los registros oficiales, han llamado al 911, entre los meses de enero y julio del 2020, denunciando violencia doméstica, intrafamiliar y sexual. Es decir, mujeres que viven entre dos pandemias: la del coronavirus y la de la violencia, tal como lo describe la Organización Mundial de la Salud, al afirmar que la violencia contra la mujer es “un problema de salud global de proporciones epidémicas”. “Que qué se siente, rabia, cólera y ganas de matarme” La última vez que Juan llegó borracho y drogado fue un sábado a las tres de la madrugada. Golpeó la vetusta puerta de la casa de madera para que Iris se levantara a abrirla. Ella se negó a hacerlo y fue la madre de su pareja quien salió al paso. La inacción de la joven provocó el enojo desbordado de su marido quien, luego de reclamarle, le propinó varios puñetazos en su cara. “Pero ya en el suelo me agarró a patadas, me suspendió de la camisa. Cuando me pegó otro macanazo me pegó en la nuca, a puñetazos. Como él es fuerte, ese hombre, y con el segundo me quedé tirada y ni supe a qué hora caí”, recuerda. Pero allí no acabó todo. La furia injustificada de Juan continuó descargándose en el cuerpo de Iris, quien, como pudo, tomó una colcha y a su hijo mayor, y corrió hasta un cerro que queda en los alrededores de la Colonia Los Pinos de Tegucigalpa, donde vivía. Allí pasó la noche, debajo del sereno, sentada entre matorrales, arropando a su vástago con la colcha y con sus brazos. Este episodio ocurrió en el mes de mayo del 2020, en medio de una pandemia que la confinaba a estar metida en su casa, al igual que los celos de su pareja. Iris y su origen en un hogar lleno de violencia Iris nació en un pueblo del occidente de Honduras. Se crio en un hogar conformado por sus padres, 2 hermanos y 3 hermanas. Pero en ese hogar, y con tan solo 16 años, fue testigo de la violencia que su propio progenitor ejercía sobre su madre. Sin embargo, el mundo se le vino abajo cuando descubrió que su papá abusaba sexualmente de su hermana, de apenas 12 años de edad.  “Nosotros supimos que eso pasaba porque ella estaba embarazada y mis hermanos y mi mamá la obligaron a decir de quién estaba así”, narra. Todos se fueron de bruces cuando la niña confesó que era su padre quien la obligaba a sostener relaciones sexuales mientras todos estaban fuera de casa. “Yo sentí que el mundo se me vino abajo. Él a mí no me dijo nada, nunca me hizo nada, pero ya miraba las cosas feas y como nadie le hizo nada, al mes me fui de la casa para donde un familiar”. Fue así como Iris sorteó este episodio de violencia, pero otros más estaban por venir. Denunció al abusador de sus hermanas Luego de huir de su casa, Iris anduvo rodando de pariente en pariente, en diversas zonas del país, hasta que conoció al padre de su primer hijo, quien jamás se hizo cargo de ambos. Y tiempo después conoció a Juan. Sin embargo, antes de convertirse en madre de sus dos niños, esta mujer, hoy de 23 años de edad, hizo algo que le cambaría la vida para siempre. “Después de que llegué a Tegucigalpa llamé a un primo mío y le dije que me ayudara para que mi hermana escapara de mi papá”. Y así fue, muchas situaciones vivió hasta que logró denunciar a su padre y ayudar a que su hermana menor, quien estaba a punto de dar a luz, escapara de aquel infierno. Pero es en esta parte de la entrevista que Iris comienza a sollozar hasta terminar en un incontenible llanto, porque con el rescate de su hermana se da cuenta que su hermanita menor, que para ese entonces tenía 10 años, también estaba siendo abusada por su padre. Una pausa con la entrevistada fue obligatoria. Iris no supera ese episodio; recordarlo y narrarlo hizo que aflorara en ella la rabia, la impotencia y la tristeza. Hoy, sus hermanas intentan rehacer sus vidas, su padre anda huyendo de la justicia y ella, junto a sus dos niños de 7 y 5 años de edad, se esconde de su agresor en algún lugar del país, porque Juan le juró que donde la encuentre la mata. María Virginia Díaz, Coordinadora de proyectos del CEM-H. Un primer aspecto que analiza María Virginia Díaz, Coordinadora de Proyectos del Centro de Estudios de la Mujer-Honduras (CEM-H), de casos como el de Iris, es que la violencia que viven las mujeres en momentos de pandemia es una extensión de la violencia que las mujeres han vivido siempre. La diferencia, dice la psicóloga, es que en sus hogares las mujeres sufren un mayor nivel de exposición a sus agresores, que en tiempos normales. “El agresor tiene más tiempo para estar en casa y se agudiza la violencia, además de limitar su movilidad para pedir ayuda o huir”, agrega Díaz. ¡Una madre que teme que su hijo la golpee! Al instante que comienza a hablar del tema, los ojos se le ponen vidriosos a Gabriela. ¡Y no es para menos! Tener que referirse