Por Claudia Mendoza Periodista y analista del CESPAD Iris Carías tuvo que correr hasta un cerro, cerca de su casa, donde durmió entre matorrales para evitar que su marido la asesinara; Gabriela López aguanta cada día los insultos y amenazas de golpes de su propio hijo y Sofía Soto se quedó sin empleo porque la familia donde trabajaba la maltrataba y la explotaba. Miles de historias de mujeres que han sobrevivido a la violencia se dibujan durante la pandemia, víctimas, además, de un sistema que sólo las toma en cuenta como estadísticas o números. Los nombres de estas mujeres fueron cambiados pero sus historias son reales. Son, apenas, tres crudos y fuertes testimonios de entre unas 58 mil 688 mujeres que, de acuerdo con los registros oficiales, han llamado al 911, entre los meses de enero y julio del 2020, denunciando violencia doméstica, intrafamiliar y sexual. Es decir, mujeres que viven entre dos pandemias: la del coronavirus y la de la violencia, tal como lo describe la Organización Mundial de la Salud, al afirmar que la violencia contra la mujer es “un problema de salud global de proporciones epidémicas”. “Que qué se siente, rabia, cólera y ganas de matarme” La última vez que Juan llegó borracho y drogado fue un sábado a las tres de la madrugada. Golpeó la vetusta puerta de la casa de madera para que Iris se levantara a abrirla. Ella se negó a hacerlo y fue la madre de su pareja quien salió al paso. La inacción de la joven provocó el enojo desbordado de su marido quien, luego de reclamarle, le propinó varios puñetazos en su cara. “Pero ya en el suelo me agarró a patadas, me suspendió de la camisa. Cuando me pegó otro macanazo me pegó en la nuca, a puñetazos. Como él es fuerte, ese hombre, y con el segundo me quedé tirada y ni supe a qué hora caí”, recuerda. Pero allí no acabó todo. La furia injustificada de Juan continuó descargándose en el cuerpo de Iris, quien, como pudo, tomó una colcha y a su hijo mayor, y corrió hasta un cerro que queda en los alrededores de la Colonia Los Pinos de Tegucigalpa, donde vivía. Allí pasó la noche, debajo del sereno, sentada entre matorrales, arropando a su vástago con la colcha y con sus brazos. Este episodio ocurrió en el mes de mayo del 2020, en medio de una pandemia que la confinaba a estar metida en su casa, al igual que los celos de su pareja. Iris y su origen en un hogar lleno de violencia Iris nació en un pueblo del occidente de Honduras. Se crio en un hogar conformado por sus padres, 2 hermanos y 3 hermanas. Pero en ese hogar, y con tan solo 16 años, fue testigo de la violencia que su propio progenitor ejercía sobre su madre. Sin embargo, el mundo se le vino abajo cuando descubrió que su papá abusaba sexualmente de su hermana, de apenas 12 años de edad. “Nosotros supimos que eso pasaba porque ella estaba embarazada y mis hermanos y mi mamá la obligaron a decir de quién estaba así”, narra. Todos se fueron de bruces cuando la niña confesó que era su padre quien la obligaba a sostener relaciones sexuales mientras todos estaban fuera de casa. “Yo sentí que el mundo se me vino abajo. Él a mí no me dijo nada, nunca me hizo nada, pero ya miraba las cosas feas y como nadie le hizo nada, al mes me fui de la casa para donde un familiar”. Fue así como Iris sorteó este episodio de violencia, pero otros más estaban por venir. Denunció al abusador de sus hermanas Luego de huir de su casa, Iris anduvo rodando de pariente en pariente, en diversas zonas del país, hasta que conoció al padre de su primer hijo, quien jamás se hizo cargo de ambos. Y tiempo después conoció a Juan. Sin embargo, antes de convertirse en madre de sus dos niños, esta mujer, hoy de 23 años de edad, hizo algo que le cambaría la vida para siempre. “Después de que llegué a Tegucigalpa llamé a un primo mío y le dije que me ayudara para que mi hermana escapara de mi papá”. Y así fue, muchas situaciones vivió hasta que logró denunciar a su padre y ayudar a que su hermana menor, quien estaba a punto de dar a luz, escapara de aquel infierno. Pero es en esta parte de la entrevista que Iris comienza a sollozar hasta terminar en un incontenible llanto, porque con el rescate de su hermana se da cuenta que su hermanita menor, que para ese entonces tenía 10 años, también estaba siendo abusada por su padre. Una pausa con la entrevistada fue obligatoria. Iris no supera ese episodio; recordarlo y narrarlo hizo que aflorara en ella la rabia, la impotencia y la tristeza. Hoy, sus hermanas intentan rehacer sus vidas, su padre anda huyendo de la justicia y ella, junto a sus dos niños de 7 y 5 años de edad, se esconde de su agresor en algún lugar del país, porque Juan le juró que donde la encuentre la mata. María Virginia Díaz, Coordinadora de proyectos del CEM-H. Un primer aspecto que analiza María Virginia Díaz, Coordinadora de Proyectos del Centro de Estudios de la Mujer-Honduras (CEM-H), de casos como el de Iris, es que la violencia que viven las mujeres en momentos de pandemia es una extensión de la violencia que las mujeres han vivido siempre. La diferencia, dice la psicóloga, es que en sus hogares las mujeres sufren un mayor nivel de exposición a sus agresores, que en tiempos normales. “El agresor tiene más tiempo para estar en casa y se agudiza la violencia, además de limitar su movilidad para pedir ayuda o huir”, agrega Díaz. ¡Una madre que teme que su hijo la golpee! Al instante que comienza a hablar del tema, los ojos se le ponen vidriosos a Gabriela. ¡Y no es para menos! Tener que referirse
Análisis | Hay vida más allá del capitalismo: pandemia, mujeres y resistencia barrial
Escrito por Ninoska Alonzo y María Amalia Reyes, feministas 17 de mayo, 2020 En 1967, Henri Lefebvre definió el derecho a la ciudad como el derecho de los habitantes urbanos -en especial la clase obrera- a construir, decidir y crear la ciudad, y hacer de esta un espacio de lucha anticapitalista [1]. Aunque polémica, hoy se vuelve necesario reubicar esta definición en nuestras discusiones políticas debido a la explosión de nuevas luchas urbanas contra las expresiones espaciales del dominio del capital financiero, como la gentrificación o la degradación ambiental, pero también, por las nuevas formas comunitarias adoptadas en el espacio urbano y sus periferias. En Honduras, esta apropiación de la clase obrera respecto a la ciudad se fortaleció en la década de 1960’s. En esta década, las migraciones a las ciudades se masificaron, en el marco de la modernización estatal. Sin embargo, las condiciones de vivienda de la población eran muy precarias. Ante la hegemonía estadounidense que demandaba evitar la propagación del comunismo en América Latina, se creó la Alianza para el Progreso (ALPRO), la cual impulsó múltiples proyectos habitacionales en la capital del país: se fundó la Colonia John F. Kennedy, Jardines de Loarque, Colonia El Pedregal y Colonia 21 de Octubre. El Instituto Nacional de la Vivienda (INVA) estableció varias modalidades para la compra de casas, pero la más común fue la de ayuda mutua, que consistía en que el INVA era el responsable del suministro del terreno y los materiales de construcción, debiendo el propietario proveer la mano de obra. Es decir, las personas compradoras construían la vivienda con sus propias manos para rebajar su costo. Aunque la ALPRO tenga un penoso trasfondo político que solo evidencia la relación subordinada y neocolonial establecida entre el gobierno de los Estados Unidos y nuestros países, lo cierto es que el acto de construir las casas construyó también una identidad colectiva en torno a la colonia o el barrio. Sin embargo, la construcción de una identidad colectiva, urbana, confluyó con las prácticas comunitarias heredadas de la experiencia rural de quienes migraron a la ciudad [2]. Esta convergencia entre la identidad urbana y la herencia comunitaria ha perdurado en el tiempo. Durante toda la segunda mitad del siglo XX y el transcurso del presente siglo ha sido común la inmigración urbana, y con esta, la recuperación de tierras en las periferias de la ciudad. En la década de 1990’s, por ejemplo, un grupo de personas decidieron recuperar tierras ubicadas al norte de la capital. Para hacerlo posible, la comunidad se organizó en un patronato que estableció comités de vigilancia integrados por mujeres para proteger el territorio. Algunos años después, con sus casas ya construidas, llegó una orden de desalojo donde se vio involucrado Mario Facussé Handal, actual presidente de la Corporación Inmobiliaria S.A. (CISA). El conflicto territorial dio como resultado ocho desalojos violentos y 54 mujeres criminalizadas. Sin embargo, cuando fue aprobada la Ley de la Propiedad en 2004 [3] y su posterior reforma en 2009 [4], fue posible llegar a un acuerdo y, finalmente, la comunidad fue liberada de todo conflicto. Se trata de la colonia Ramón Amaya Amador, donde las mujeres organizaron, en el año 2000, la Red de Mujeres contra la Violencia, organización que ha sido fundamental para hacer de la comunidad algo posible. En el 2009, la Red de Mujeres contra la Violencia se organizó para participar activamente en las protestas contra el golpe de Estado. Sin embargo, en la medida en que la protesta se prolongaba, se hacía más necesario poder garantizar alimentos y agua para recobrar las energías y la esperanza. Así surgió la Olla Comunitaria u Olla de la Solidaridad, que se mantuvo por meses y permitió arreciar las luchas gestadas desde la colonia Ramón Amaya Amador. En la etapa post-golpe, caracterizada por la restauración y profundización del modelo económico neoliberal, las condiciones se hicieron más difíciles. En los últimos diez años, se ha consolidado el pacto patriarcal entre el capital privado, el Estado, y el crimen organizado transnacional. Y lo enunciamos así, porque feministas como Rita Segato apuntan que la corporación mafiosa replica la estructura de la corporación masculina. Ambas organizaciones, la patriarcal y la mafiosa, son análogas en su estructura y funcionamiento [5], pues se perpetúan por medio de la violencia, la dominación, y el control del territorio-cuerpo (particularmente, los cuerpos-territorios femeninos y feminizados). En septiembre de 2016, en menos de dos semanas, dos mujeres y defensoras fueron asesinadas en la colonia Ramón Amaya Amador [6]. La muerte violenta de ambas compañeras y la vulnerabilidad sentida, se tradujo en un proceso doloroso y significó un acontecimiento que puso en riesgo el tejido comunitario de la colonia. Hoy, ante la emergencia del COVID-19, la Red de Mujeres contra la Violencia se ha juntado nuevamente para organizarse ante la situación de hambre y precariedad que azota a la colonia. Desde que la cuarentena inició, pasaron ocho días para que la desesperación se hiciera visible, sobre todo de las mujeres que vendían condimentos en los mercados de Comayagüela. En los barrios, que hoy y siempre han estado alejados de la protección del Estado y tan cerca de la represión, la mayoría genera ingresos en el día a día. Cansadas y preocupadas por la situación, se organizaron para hacer posible la Olla Comunitaria. A partir del contacto entre redes feministas, se ajustó lo suficiente para hacer noventa platos de comida diarios para el almuerzo y 90 bebidas calientes para la cena. Aunque no todos los días se hace posible, cada día que pasa se redoblan esfuerzos para poder comprar verduras, arroz, frijoles, pastas, y repartir platos de comida entre más de veinte familias. Para la Red de Mujeres contra la Violencia de la colonia Ramón Amaya Amador, la Olla Comunitaria es un proyecto de vida que tiene que cuidarse, porque garantiza alimentar pequeñas células y sostener las resistencias. Además, es un proyecto que permite colectivizar el trabajo de los cuidados en toda la comunidad. En varias ocasiones, como el 25 de abril, se organizó un
Análisis | Cuarentenas del Tercer Mundo, o por qué las mujeres hondureñas mantienen al país con vida
Escrito por Ninoska Alonzo, feminista y colaboradora del CESPAD 1 de mayo, 2020 Con la propagación del COVID-19, el mundo entero busca una sola cosa: inmunidad. Ante un virus que ha mostrado la fragilidad de todo lo que conocemos hasta ahora, lo más seguro para permanecer inmunes es el estado de confinamiento [1]. O más bien, el confinamiento nos brinda la sensación de seguridad y bienestar. Esta inmunidad ilusoria se traduce en dos cosas: por un lado, la cuarentena, como acto de protección individual, también nos inmuniza y nos aleja de la comunidad; por otro lado, la inmunidad de la cuarentena nos da la autoridad de sacrificar o desechar otras vidas, las vidas de quienes no cumplen con la cuarentena al pie de la letra porque no tienen opción. Las condiciones mínimas que se requieren para cumplir la cuarentena a cabalidad incluyen acceso a agua potable, un salario fijo (o una renta básica universal), y el acceso gratuito al equipo de bioseguridad. En Honduras, el porcentaje de la población que tiene el poder adquisitivo para cumplir con estas condiciones es de apenas el 11%, perteneciente a las capas medias y altas [2]. Lo cierto es que aquí, en el Tercer Mundo, hay millones de personas que no están confinadas. Por el contrario, siguen trabajando en los sectores productivos estratégicos para la economía nacional, y hay muchas otras que arriesgan sus vidas diariamente, garantizando alimentos a sus comunidades y a las ciudades que pasan por la situación más crítica ante los elevados niveles de contagio. Y, como en todo escenario de catástrofe, las mujeres se llevan la peor parte. El redescubrimiento de las mujeres en el Tercer Mundo En un escrito anterior [3], se hizo referencia a que, en la década de los setentas, el neoliberalismo propició un nuevo proceso de acumulación capitalista que permitió al sistema económico maximizar sus capacidades productivas. Para que esto fuese posible, el capital transnacional configuró una nueva División Internacional del Trabajo, donde las mujeres del Tercer Mundo, aunque históricamente expulsadas de la esfera productiva y confinadas al trabajo reproductivo, fueron incorporadas a cuatro sectores estratégicos en este nuevo proceso de acumulación: las industrias manufactureras a gran y pequeña escala, la agricultura, la industria del sexo, y la prestación de servicios. Hay dos cosas que es pertinente desarrollar. En primer lugar, el Tercer Mundo emergió como una categoría que definió el papel de los países del sur global en el marco de la Guerra Fría, países que sirvieron como tablero de ajedrez de las potencias hegemónicas capitalistas y socialistas [4]. Sin embargo, según los teóricos de la dependencia de la segunda mitad del siglo XX, esa relación entre el norte y el sur estuvo definida por estadios de desarrollo desiguales entre las grandes potencias y los países “subdesarrollados” [5]. Esto colocó a los países del Tercer Mundo en una posición periférica y marginal, y permitió que se estableciera una nueva relación de coloniaje e intercambio desigual entre nuestros países productores de materias primas baratas, y los países del primer mundo como consumidores altamente industrializados. En segundo lugar, no es casualidad alguna que las mujeres hayan sido incorporadas a estos sectores productivos, que han mostrado ser los más propensos a la sobreexplotación y precarización de la vida. Como explica María Mies, las mujeres forman la mano de obra óptima porque al día de hoy están definidas universalmente como «amas de casa», no como trabajadoras; esto implica que su trabajo, ya sea en la producción de mercancías o de valor de uso, se oculta, no se considera como «trabajo libre», sino que es definido como una «actividad generadora de ingresos», de ahí que pueda ser comprado a un precio mucho menor que el trabajo masculino. La lógica económica de esta domestificación del trabajo femenino es la tremenda reducción de los costes de producción [6]. En otras palabras, la nueva DIT es también una nueva División Sexual del Trabajo. Y ante la emergencia del COVID-19 y las consecuencias sociales y económicas que trae consigo, nos interesa detenernos un poco a pensar en un sector productivo que, en aras de atenuar el hambre que deja la crisis del nuevo coronavirus sumado a décadas de abandono estatal, se vuelve prioritario: la agricultura. Las mujeres alimentan al país En la División Internacional del Trabajo, la agricultura fue una actividad otorgada al Tercer Mundo. La agricultura, sobre todo la que implica producción a gran escala, se organiza por medio de cadenas agroalimentarias, que van desde productores, distribuidores, vendedores, hasta consumidores. En nuestro país, esta actividad económica está conformada por varios rubros, donde las mujeres están insertas en cada uno de los eslabones de la cadena, mayoritariamente en el área de producción, distribución, y venta. Entre ellos, destacan: La producción de cultivos comerciales a gran escala para su exportación. En Honduras, el aceite de palma africana y sus refinados representan 365 millones de dólares del valor de las exportaciones del país, más del 50% consumidas por Países Bajos [7]. Aunque la participación de las mujeres en la cadena de producción de palma africana es baja, la contaminación del entorno, la proliferación de enfermedades y la militarización de las zonas de producción las convierte en las afectadas directas por el monocultivo de palma [8]. Por otro lado, el café constituye un 26% de las exportaciones (sin maquila), o sea, 1,115 millones de dólares, mayoritariamente consumido por Alemania (27%) y Estados Unidos (25%) [9]. Para la cosecha 2005-2006, el IHCAFE reportó que 12,635 mujeres eran dueñas de fincas de café en el país [10], y para el 2017, más de 20,000 mujeres se encontraban en toda la cadena de producción [11], con pagos precarios y fluctuantes. El trabajo de las mujeres en las plantaciones. En Honduras, solo en la cadena hortofrutícola, la participación de las mujeres es del 45%, en la producción, transporte, empaque, embalaje y comercialización. En la cadena acuícola, el 35% de la mano de obra en la producción de camarón y el 25% en la producción de tilapia, es femenina. En la cadena de lácteos, la participación de las mujeres
Emilia Ventura: la indígena que lucha contra el abandono de Nahuaterique
Recorrió cientos de kilómetros para asistir al Primer Encuentro de Pueblos y Comunidades: Hacia un Estado intercultural en Honduras. Su rostro develaba una alegría y gratitud por estar rodeada de defensoras; su cabello corto y rizado, su piel marrón, su peculiar mirada que denota firmeza y sus palabras cargadas de seguridad y dignidad, son parte de la esencia de Emilia Ventura, mujer indígena y guardiana de la tierra. Emilia nació en 1977, en Nahuaterique, cuando aún era territorio de El Salvador. Pero en 1992 la Corte Internacional de Justicia, con sede en la Haya, Holanda, emitió un fallo a través del cual otorgó al Estado de Honduras 160 kilómetros cuadrados de tierra fronteriza que estaba el litigio con El Salvador, pasando este a ser parte del territorio nacional. El fallo puso fin a la disputa jurídica entre los dos Estados pero dejó a las personas de comunidades enteras con una nueva nacionalidad, con muchas interrogantes y sin garantías de sus derechos. Tratando de buscar las respuestas y el cumplimiento de los acuerdos se encuentra Emilia, una de las mujeres que lidera la lucha emprendida por la recuperación de tierras, el respeto de los bienes comunes de la naturaleza y la independencia de Nahuaterique. “Fue tan duro para mí” Emilia es hija de padre y madre con nacionalidad salvadoreña. Al igual que ella, muchos de sus cercanos tienen doble nacionalidad. Ella creció escuchando las detonaciones de todo tipo armas, rodeada de injusticias pero muy unida a la naturaleza. Tenía doce años cuando inició la guerra en El Salvador. “Para mí fue tan difícil porque no podíamos estudiar, no habían maestros, escuelas, todo fue destruido”, recuerda. Sus primeros pasos estuvieron en las que llama “milicias”; se integró a las filas del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), estructura en la que se dedicaba a la creación de materiales que evidenciaban la situación de la guerra y las desigualdades que vivían los campesinos y campesinas. “El ERP era una de las estructuras que estaban dentro del departamento de Morazán en El Salvador. Organizábamos a los jóvenes y mujeres. Las mujeres cubrían lo logístico, tratando de buscar igualdad en las tierras, era un trabajo organizativo, más de hacerle conciencia a la juventud”, comenta. Para Emilia, la guerra civil de El Salvador le marcó su vida y dejó heridas a flor de piel por la pérdida de familiares y amigos. “Perdí a un primo, se llamaba Santiago. Fue tan duro para mí. Y Perdí dos primos hermanos”. Además recuerda los abusos cometidos por los terratenientes que tenían como esclavos a los campesinos y cada vez que lograban ahorrar cierta cantidad de dinero para buscar su libertad, eran asesinados. La sub-cordinadora del Concejo Indígena Municipal y Comunitario Con el respaldo de más de siete mil pobladores y pobladoras de Nahuaterique, Emilia fue elegida como sub-coordinadora del Concejo Indígena Municipal y Comunitario, el pasado 21 de Octubre. Pero ella no va sola, otras mujeres integran las secretarías y juntas prometen hacer que los gobiernos cumplan con las responsabilidades de la comunidad y el respeto de los derechos de las mujeres para erradicar la violencia en los territorios. Uno de los problemas más visibles de Nahuaterique es que la población no cuenta con una identidad. Solo en el 2010 el Registro Nacional de las Personas de Honduras (RNP) emitió 63 identidades. “Este conflicto lo venimos atravesando hace 27 años y que las autoridades de Honduras no nos han dado respuesta. Ambos países quedaban comprometidos a velar y resolver los problemas que hubieran dentro del territorio”, señala. “Desde el 2012 comenzamos a formar los concejos indígenas municipales y comunitarios y de ahí viene el autogobierno que tenemos. No se van a permitir partidos políticos en el territorio, con esto no decimos que se han cerrado las puertas para el Estado de Honduras, estamos abiertos a dialogar”. Para Emilia, la poca o nula voluntad política del Estado de Honduras se refleja diariamente al no tener acceso a salud, educación de calidad, transporte y la no garantía de la titulación de las tierras de ella y su comunidad. “Los tres centros de salud que tenemos están descentralizados. Les dan referencias para que se vayan a El Salvador. El Estado de Honduras no se hace responsable. Hay hecho cambios de maestro. Nunca han llegado con plazas. Vamos a exigirle a Honduras que como pueblos indígenas tenemos que tener una educación de calidad. Cada tres meses están cambiando maestros. Solo ofrecen una carrera agroforestal. Tenemos 27 personas que estudian en El Salvador a distancia. De El Salvador se les asignado transporte. Honduras no les garantiza un trabajo”. Rebelde y firme, esta indígena ha señalado la criminalización que sufren las parteras en la zona y la falta de educación sexual. “El 5% de mujeres embarazadas son menores de edad. Ellas van a parir a El Salvador. A las parteras se les multa con 500 lempiras”. Y por eso, cansada de las mentiras de las autoridades locales, ha echado sus pasos andar para hacer de Nahuaterique un municipio que responda a las demandas de la ciudadanía. Guardiana de los ríos También es parte del Movimiento Independiente Indígena Lenca de La Paz Honduras (MILPAH). Emilia se ha enfrentado a La empresa propiedad de la diputada del Congreso Nacional de Honduras, Gladys Aurora López, denominada “Encino 1”. López ha querido instalar una hidroeléctrica sobre el Río Chinacla. Emilia Ventura. Por la cercanía que tiene con la naturaleza y las ganas de querer dejar un mundo diferente para las futuras generaciones, va sembrando y cosechando esperanzas de la mano de quienes son solidarios. “Para mí es dejarle un heredero a mi familia, a mi pueblo que amo. Mi lucha ha sido que se gana con esfuerzo, he sido amenazada, discriminada, en algunos medios de comunicación en Honduras y El Salvador”. Agrega que aunque el gobierno les reprime ellos se amparan en el convenio 169 de la OIT. “Para mí es dejarle un heredero a mi familia, a mi pueblo que amo, mi lucha ha sido la que se gana con
A más de un siglo de conmemoración del día internacional de la mujer ¿qué pasa en Honduras?
La historia más conocida sobre la conmemoración del 8 de marzo, como día internacional de la mujer, refiere a las 146 mujeres que murieron calcinadas en 1908. Eran trabajadoras de la fábrica textil Cotton de Nueva York y murieron por las bombas incendiarías que les lanzaron ante la negativa de salir de la fábrica. Protestaban por los bajos salarios y las malas condiciones de trabajo. ¿Qué ha cambiado desde entonces en el mundo de los derechos de las mujeres? Tres beligerantes defensoras de los derechos de las mujeres en Honduras nos dan un breve panorama en este país. Jessica Sánchez: la impunidad sigue siendo grave “Estamos conmemorando el día de lucha de las mujeres; recordamos cómo encerraron a las mujeres en Estados Unidos por exigir sus derechos laborales. Es un día de lucha”, dice la Directora del Grupo de la Sociedad Civil y miembro de la Coalición Todas, agrupación que defiende derechos de las mujeres en Honduras. Jessica Sánchez / GSC Para Sánchez, a un año más de conmemoración de este día, hay dos obstáculos que enfrentan las mujeres con matices de gravedad en Honduras: “uno es la violencia, los homicidios y la impunidad que existe sobre esos casos, que es cada vez mayor. En segundo lugar, la violencia sexual que provoca los embarazos en adolescentes no deseados y que es un tema que no se aborda”, dijo. En medio de esas situaciones, Sánchez cuestiona otros patrones siniestros que han ido cobrando vigencia en torno a las mujeres. “Los casos de asesinatos de niñas y mujeres se elevan más y los forenses explican que los casos que llegan a Medicina Forense, son los más graves. Presentan desgarres, lesiones, enfermedades de transmisión sexual, entre otros”. Algo que preocupa a las organizaciones es también la violencia hacia las mujeres que se ejerce simultáneamente en los hogares, en la comunidad y en el trabajo. Siguiendo con la pequeña radiografía de la situación de las mujeres, Sánchez dice que la ausencia de participación política es otro problema que enfrentan. “Salen muchos menos electas las mujeres en este período, que lo que fue el 2013 y eso debe llamar la atención, porque se deben ganar más espacios y no perderlos”, dijo. Coincidente con los argumentos de la feminista, un informe del Observatorio de Igualdad de Género de América Latina y El Caribe resalta que Honduras está en desequilibrio, sólo un 21.1% de mujeres obtienen escaños en el Congreso, cuando la cuota que se exige es del 40%. “Ni el programa político feminista antes de las elecciones de noviembre del 2017, ayudó a que más mujeres fueran diputadas. La cifra descendió 4,7 puntos porcentuales”, refirió. Noemy Dubón: muchos derechos ganados han sido quitados Noemí Dubón es integrante del Foro de Mujeres por la Vida y afirma que no hay por qué celebrar. Para esta feminista, si bien la ardua lucha de las mujeres en Honduras ha dejado en el camino muchos derechos conquistado, muchos se han ido aboliendo. “Por ejemplo el derecho al uso de anticonceptivos, como las píldoras de emergencia”, sostuvo. Noemí Dubón / Foro de Mujeres por la Vida Dubón coincide con Sánchez cuando de cuestionar el acceso de las mujeres en la participación política se refiere, al igual que el acceso al derecho a la salud plena. “No tenemos una participación en la toma de decisiones y tampoco hay atención médica y prevención de enfermedades como el cáncer de útero y mama. Hay mucho camino que recorrer en el país”, dijo. Son muchos los temas que para Noemí deben estar en agenda, pero el más importante es evitar la impunidad de los asesinatos de mujeres, que forman parte de la mora judicial. Merly Eguigure: Las mujeres necesitamos el ejercicio pleno de ciudadanía Para la coordinadora del Movimiento de Mujeres por la Paz “Visitación Padilla”, Merly Eguigure, el mayor reto que tiene la mujer en Honduras es el desarrollar el ejercicio pleno de la ciudadanía. ¿Qué implica ese ejercicio? Eguigure dice: “tenemos derecho a vivir una vida libre de violencia, participación igualitaria en los espacios de toma de decisiones, salario igualitario, acceso a la tierra y al crédito. Ni un femicidio más”. Merly Eguigure y Gladys Lanza (QEPD) / Visitación Padilla Se conmemoran luchas, dijo, pero no se tienen motivos para celebraciones. “Mientras vivamos como personas de tercera categoría, menospreciadas y relegadas al último lugar en las decisiones gubernamentales, no se puede celebrar este día”, cuestionó. Tanto Jessica, Noemy y Merly, consideran que el contexto de Honduras refleja la falta de paridad que abre una brecha entre hombres y mujeres. Las entrevistadas insisten en decir que las mujeres en el país cohabitan en un mundo lleno de violencia machista, una brecha salarial importante, abusos sexuales, el escaso acceso a los puestos de poder, las tradiciones patriarcales, acoso laboral y trabas en la educación. Pobreza y falta de oportunidades, un binomio siniestro La pobreza es otra situación que afecta directamente a las mujeres. Datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPALl), determina que por cada 100 hombres que viven bajo esa condición, hay 118 mujeres que no logran generar sus propios ingresos. En América Latina las mujeres son las que perciben menos salarios, no reciben remuneración por el trabajo en el hogar y tienen poco tiempo para estudiar o crecer profesionalmente. Las mujeres son que se sacrifican por todos y a las que más le cuesta acceder a recursos, pese a que en un elevado porcentaje, son la cabeza del hogar. Por eso, hay una causa común que une y moviliza a las mujeres en países como Honduras y es la hacer valer y respetar sus derechos, porque a pesar de las conquistas alcanzadas, todavía hay una deuda importante pendiente. El informe del Foro Económico Mundial del 2018, afirma que se necesitarán al menos 100 años para cerrar la brecha de género a nivel mundial. Si bien es cierto que el siglo XXI deja como saldo muchos retos que alcanzar y obstáculos que vencer, también hereda mujeres con mucho más
¿Son necesarias las parteras en el siglo XXI?
Redacción: Equipo de CESPAD Edición: Claudia Mendoza Adelfia Girón tiene 65 años de edad. Comenzó a ser partera desde los 20 años. Sus manos han ayudado a llegar al mundo a más de 400 niños y niñas y pese a que muchas jóvenes y mujeres embarazadas de las comunidades remotas de Intibucá, Honduras, no tienen acceso a centros asistenciales, a ella y a muchas parteras más, se les tiene prohibido ejercer esta práctica ancestral. Adelfia Girón. La experiencia de las parteras son heredadas de sus antepasadas. Adelfia decidió empezar con su labor cuando era una joven y allí se dio cuenta de la felicidad que le generaba ser partera y ayudar a traer al mundo a los hijos de las mujeres más pobres de la zona. «A los 20 junté el primer parto en una montaña; a la muchacha le pegaron dolores. Me hablaron, yo la cubrí y ajunté el niño y lo recogí y de allí aprendí”, recuerda. Adelfia es una mujer reconocida en la zona por su práctica. La mayoría de mujeres y jóvenes deciden recurrir a ella por su apoyo incondicional; su bondad la ha posicionado como una de las parteras más comprometidas. “Yo las aconsejo a ellas. Hay cipotas que están débiles del cuerpo, ellas de afligidas no comen. Les digo yo bueno ustedes van a comenzar a beber lechita para el embarazo, toda clase de verduras, y van a tener un apoyo de mí. Yo les doy un apoyo y les digo que no se aflijan”, comenta. Sus ojos pequeños se llenan de luz y esperanza al desempolvar cada una de las palabras de las mujeres que han dado a luz con su ayuda. “A la hora que estén yo las llevo al centro a hacer los primeros auxilios y de allí ellas van aprendiendo cómo se van a desarrollar y de allí ellas, y al final les doy un apoyo cuando van a tener a su niño. Yo las llevó al materno y si no pueden tener allí las llevó a la Esperanza al hospital”, agrega. La mayoría de partos que Adelfia ha acompañado son menores de edad, niñas entre 14, 15, 16 y 17 años. Para esta sexagenaria partera, es en las escuelas y colegios donde más niñas se embarazan debido a que las y las jóvenes comienzan a tener relaciones sexuales sin protección y temprana edad. Mientras nos comentaba revivía como miró a una niña de catorce años dar a luz en una de los caseríos de Jesús de Otoro, departamento de Intibucá. El Estado las reconoce como parteras, pero les niega el derecho a ejercer Hasta hace poco, las parteras de Intibucá podían realizar su trabajo sin ningún impedimento, pero esto cambió radicalmente cuando una de las doctoras del hospital gestionó para que se les brindase una identificación/reconocimiento, que solo les permite guiar a las mujeres embarazadas a qué centro de salud deben recurrir para su parto. “Primero, como nos daban esa capacidad de que nosotras miráramos mujeres, nos daban una valijita; nos daban todo el material. Cómo le dijera, un vestuario para que nosotras hiciéramos los partos, pero ya hoy no porque como está el materno, están los hospitales, nosotras tenemos que recibir las ordenes de la doctora. Yo voy a las reuniones y la doctora Pamela dijo, cuidado usted van asistir un parto, cuando miren a una mujer embarazada y que las visité a ustedes, apóyenla y tráiganla al centro de aquí; nosotras la remitimos al hospital. Y hoy ese es el trabajo que hacemos”, cuenta. “Si yo encuentro una mujer en el camino con dolores y miro que ya va a tener, yo la recojo en su momento y yo dejo de ir a la casa y yo la traigo donde los médicos. Ese es el trabajo que nos ha quedado. Solamente que sea una urgencia, que siempre un niño no dé tiempo. Pero siempre se remite a los hospitales”, señala Adelfia. Amor y bondad: las características de Adelfia A adelfia ninguno de los cerca de 400 niños y niñas que ayudó a llegar al mundo, se le murió. Todos y todas viven. El amor, la bondad y la magia de sus manos han sido factores fundamentales que han influido en la vida de los recién nacidos. Con mucha alegría rememora que “allí están todas las mujeres (las que atendió), ya de una edad conmigo”. Yo miré mujeres que tuvieron 16 hijos en mis manos y ella están en esas montañas, en los Alpes. Intibucá, uno de los departamentos con altos índices de pobreza Intibucá, Choluteca, Lempira, Ocotepeque, Santa Bárbara, La Paz y Gracias a Dios son algunos de los departamentos que albergan a los pobladores de los 40 municipios más pobres de Honduras. Intibucá tiene más de 250 mil habitantes. El 51% son mujeres. De esta cantidad de habitantes solo el 1% tiene acceso a la educación superior. Además, solo cuenta con el hospital general Enrique Aguilar Cerrato y unos 12 centros de salud para todo el departamento, que se encuentra en condiciones precarias. Esta situación limita el derecho que tiene la ciudadanía a la salud y obliga a las mujeres embarazadas a recurrir a métodos tradicionales, como el acompañamiento de las parteras. “Un trato bastante agradable, suave diría yo, y sencillo siempre planteando soluciones y nunca complicaciones” Alexandra Suazo es una joven espigada, cabellos cortos y un color de piel cálido. A los 22 años quedó embarazada. Fue para ese entonces que tomó la decisión de tener a su hijo en compañía de una partera. Una de las motivaciones es la confianza que le han generado los saberes ancestrales. “Al final te das cuenta que muchas prácticas científicas en las distintas disciplinas son las mismas que podría recomendarte una partera. La única diferencia que sin tanto tecnicismo de por medio”, dice. Para ella, las parteras persiguen el bienestar de la madre y, en cambio, los doctores siguen procesos mecánicos aprendidos en la academia. Dice que no tiene nada en contra de la academia, pero está
¡Huye! …una casa refugio puede salvarte la vida
Por: Nancy García Edición: Claudia Mendoza Si tu pareja te golpea, te maltrata de diversas maneras o lo peor, ha estado a punto de asesinarte y nadie, absolutamente nadie te ha brindado un espacio y apoyo para salir de esa situación, ¿qué harías? En el año 2018 se registraron 50 mil 231 denuncias de violencia doméstica en el Sistema Nacional de Emergencia, a nivel nacional. Muchas de las mujeres que denuncian son maltratadas por sus parejas o por otros miembros de la familia. Algunas corren con la peor suerte y son asesinadas. Es urgente que se alejen o huyan de sus parejas y hogares, pero ¿a dónde ir? A pesar de la negación por parte del Estado de Honduras, de brindar condiciones seguras y dignas para las mujeres, las casas refugios son un espacio esencial para resguardar y reconstruir sus vidas cuando son atacadas por sus parejas, cuando han sido víctimas de violencia sexual, o cuando la vida de sus hijos e hijas también corre peligro. Pese a su importancia en esta problemática, en Honduras apenas existen siete casas refugios, ubicadas en los departamentos de Cortés, Copán, Intibucá, Choluteca, Francisco Morazán y Atlántida. Una casa refugio puede ayudar a mantener lejos a las mujeres de sus agresores, sin embargo, las organizaciones de mujeres y feministas luchan desde hace algún tiempo para que desde el Estado y gobierno se apruebe una Ley y se destinen fondos para la creación y financiamiento de casas refugios. “De estas siete casas, tres son de organizaciones no gubernamentales y cuatro son municipales. La municipalidad les ayuda con algo. Las mejores condiciones las tienen las de la ong’s, por supuesto, porque gestionamos más. En otras, los alcaldes se han olvidado de traspasar la ayuda que necesitan, los alcaldes nombran personal, lo cambian, lo quitan y eso no puede suceder en una casa refugio”, cuestiona Ana Cruz, Directora de Casa Nova, una casa refugio que brinda ayuda a muchas mujeres sobrevivientes de violencia. Silvia, un caso que ejemplifica las necesidades de las casas refugio Foto: Pixabay Para ejemplificar las inmensas necesidades que tienen las casas refugios, Ana rememora el triste episodio de una mujer a la que llamaremos Silvia, una sobreviviente de violencia doméstica a quien su pareja le cortó la mano y le propinó 14 machetazos, dejándola en un estado de salud crítico. Para resguardar su vida se vieron obligadas a pedir financiamiento externo porque el Estado ha hecho caso omiso a las peticiones de apoyo presentadas para atender este y muchos otros casos más. ¿Cuáles fueron las necesidades de Silvia? Ana dice que los servicios médicos porque ella quedó inmóvil debido a uno de los machetazos que le fue asestado en su cabeza. “Conseguimos que alguien nos pagará los servicios de una enfermera. Ocupamos una cama especialmente para ella, un colchón de agua. Solo allí son como 25 mil lempiras, más una tomografía, más todo. Esas son las necesidades de una casa refugio; casi nunca se consigue el financiamiento. Hemos pedido ayuda y desde el Estado no nos dan esa ayuda que necesitamos”, cuestiona la entrevistada. Ana agrega que también se necesita personal sensibilizado con la problemática de las mujeres para que comprendan y brinden un mejor acompañamiento al proceso de empoderamiento de las sobrevivientes de violencia para que cuando dejen las casas refugio, se defiendan de sus parejas con total autonomía y el conocimiento de sus derechos. De las siete casas que hay a nivel nacional, dice Ana, apenas una fue construida con un modelo específico, apto para casa refugio. “En el caso nuestro, tenemos un equipo multidisciplinario de trabajadoras sociales, psicólogas, abogados, terapeutas ocupacionales, encargadas de las terapias motrices de ellas. Tenemos en los turnos de la noche y los fines de semana un pequeño equipo para ayudar a las otras mujeres en las casas refugios”. Las demás casas refugio operan en casas particulares que rentan y que han ido adecuándose para brindar atención con calidad. Un espacio seguro para las mujeres Una de las casas que tiene mayor afluencia es la de Francisco Morazán, porque allí no solo se atienden casos de violencia doméstica o violencia sexual, también trata de mujeres y, además, es la única organización que atiende casos de desplazamientos por violencia. “Nosotras anualmente en Casa Nova estamos recibiendo casi 200 mujeres al año con sus hijos e hijas. Estamos hablando de una población de casi quinientas personas al año de todas las casa refugio; al año son 400 mujeres las que se atienden”, indica la entrevistada. El período para permanecer en la casa refugio es de tres meses pero si la situación es por desplazamiento forzado les permiten quedarse el tiempo que sea necesario para que las mujeres puedan buscar un espacio donde sentirse seguras. Mientras, reciben asistencia psicológica. Menores de edad, también son atendidas en casa refugio de Intibucá La llamaremos Norma, una menor de edad quien junto a su madre, en el municipio de Intibucá, tuvo que albergarse en una casa refugio. La jovencita tuvo que huir de su propio hogar debido al hostigamiento sexual que recibía por parte de su padre. El refugio al que acudieron es el que provee la organización Intibucana de mujeres Las Hormigas. Psicóloga Maritza Cedillo / Foto: Dulce Villanueva Maritza Cedillo es psicóloga y realiza una labor titánica en la organización Las Hormigas. Atiende a menores de edad que han vivido diversos tipos de violencia en sus hogares, al igual que mujeres adultas. En esta casa se registran pocos ingresos, debido a que las mujeres, pese al ciclo de violencia, muchas veces deciden regresar con sus parejas. Eso no significa que se les cierran las puertas para regresar a la casa refugio cuando lo necesiten, aclara Cedillo. De acuerdo con Maritza, es importante que las mujeres se informen sobre la violencia que viven porque ellas la consideran normal. “Nosotras le podemos brindar algún tipo de asesoramiento tanto legal como psicológico o darles acompañamiento a interponer una denuncia si ellas tienen miedo de denunciar, porque es lo que ocurre a veces.
Suyapa Ramírez: la lideresa Chortí que está entre una y mil luchas
Derribó barreras para demostrar que las mujeres también pueden ser lideresas y, desde el mes de mayo del año 2018, Suyapa Ramírez, una indígena de la comunidad de El Barbasco en Copán Ruinas, Honduras, fue electa en como la Consejera Mayor Nacional del Consejo Nacional Indígena Maya Chortí (Conimch). En Asamblea Extraordinaria y en medio de una elección salpicada de machismo, muchos de los hombres se oponían a estar bajo la dirección de una mujer, pero Suyapa se impuso y quedó al mando de la organización. A nueve meses de su elección, confiesa que ha querido “tirar la toalla”, que en dos ocasiones ha renunciado, porque pese a que la mayoría de hombres la apoya, todavía hay un grupo que le hace la vida de “cuadritos”. “A tres meses de mi elección como Consejera Mayor de la etnia, dividieron la organización y nombraron a otro compañero como Consejero. Hoy hay dos frentes y eso ha interferido para que se ejecuten proyectos para las comunidades. Planificamos una Asamblea Ordinaria y allí que definan si continuamos o no al frente”, expresó Suyapa Ramírez. Ahora, el principal objetivo de esta lideresa indígena, de hablar pausado y mirada serena, es la unidad. Ella está convencida que hay capacidad en las mujeres Chortís y que si la Asamblea decide que ella continúe al frente de la organización su meta será capacitar a sus compañeras en las aldeas, para que ellas también se conviertan en las futuras lideresas de la organización. “Mi interés es capacitar a las mujeres en participación ciudadana porque en las comunidades las mujeres tienen temor de ser parte de las directivas porque hay hombres. El machismo impera y se le tienen miedo. Pero mi meta es buscar espacios para demostrar que los hombres no son superiores a las mujeres. Hay que capacitarse, ese es el camino para que nuestras mujeres demuestren todo el potencial dormido que tienen”, sostiene. Foto: La Prensa / Movilización de CONIMCH Quebrantada pero decidida a seguir luchando por su pueblo Suyapa asegura que Dios es el que le ha dado fuerzas para seguir adelante, para mostrar que tiene toda la capacidad de dirigir el Consejo Indígena y no niega que hay momentos en los que ha querido desmayar. “Dios me ha dado fuerzas para no llorar y seguir adelante. No son todos los hombres en mi contra, son pocos los que me quieren sacar, pero esos pocos son machos completos”, refirió la lideresa Chortí. Antes de ser Consejera Mayor de la etnia, Suyapa ocupó cargos como Secretaria y Tesorera de la Caja Rural de Barbasco, Secretaria de la Junta de Agua y luego pasó a ser Consejera Menor Regional de la Mujer en la Conimch. Esa trayectoria le valió para que tuviera el apoyo de un buen sector de la etnia que exigía nuevas autoridades, ante las anteriores, que aseguran, no rendía informes de las actividades ni de los fondos que manejaban. Pese a que asoma una nueva elección, Suyapa sigue siendo la candidata más fuerte para relegirse. “Son las mismas comunidades las que me piden que no abandone el cargo. Hay un líder que me mantuvo humillada, me hostigó para que me fuera y un día agarré valor y le dije: no soy su mujer, ni soy su dama, ni novia ni nada para que me humille. Ni en mi casa sufro esos maltratos que me da en la oficina. Estaba dispuesta a irme, pero cuando toda la gente se paró en la Asamblea y dijeron que me apoyaban, se me rodaron las lágrimas. Me dijeron que no era yo la que me iría, y así me quedé”, dijo con tono emotivo, reviviendo ese episodio. Suyapa está casada, tiene cinco hijos y dos nietos. Ella cumple sus roles de esposa, madre y líder; tiene esperanzas de cambiar el futuro de las mujeres ya que en sus comunidades los que se gradúan son los hombres porque las mujeres están destinadas solo a cuidar a de sus familias. No se concibe que salgan de las aldeas, que se ganen la vida trabajando fuera del hogar y mucho menos que dirijan organizaciones. Cambiar ese panorama es por lo que Suyapa está luchando y aunque enfrenta obstáculos, poco a poco va moldeando una historia distinta, reafirmándole a las mujeres indígenas Chortí que son capaces de ser lideresas en sus comunidades y de ayudar a sacar del abandono y pobreza a sus comunidades.
Eva Sánchez: la Hormiga que resiste y lucha por los derechos de las mujeres en Honduras
Por: Nancy García / Edición: Claudia Mendoza Su rostro devela los rasgos de su ancestral cultura Lenca. Es pequeña, como las demás indígenas que habitan en el departamento de Intibucá, pero la fuerza, la creatividad, la consistencia y el tesón que caracterizan a Eva Sánchez, explican el por qué dirige una de las organizaciones defensoras de derechos de mujeres más beligerantes en el occidente de Honduras. Nos sentamos en un tronco seco tirado en el suelo, debajo de árboles frutales. Nuestra plática se hacía acompañar por el concierto de los animales propios del lugar. El clima gélido de La Esperanza era perfecto para escuchar de Eva y escribir una corta semblanza de una de las mujeres que ha expuesto su vida por defender los derechos y la vida de otras. La organización que dirige es la organización Intibucana de Mujeres Las Hormigas, un nombre proveniente de la Biblia, comenta Eva. Las mujeres de la organización le hacen honor a su nombre porque son silenciosas, apasionadas, solidarias entregadas. Aunque cansadas, sacan fuerzas de flaquezas para continuar, pero su trabajo es invisibilizado igual que el que realizan las mujeres en otras zonas del país; cada día es una oportunidad para empujarse, andar en conjunto. Si una hormiga se detiene las otras la empujan, afirma. Eva es la hormiga lideresa que nació en Intibucá. Su infancia fue como la de muchas niñas de esta zona, cargada de mucho trabajo y con poco tiempo para jugar. La irresponsabilidad de su padre la privó del amor de su madre, ya que ella tuvo que movilizarse a Tegucigalpa, San Pedro Sula y otras ciudades en donde realizó trabajos domésticos. Debido a que su madre tenía que trabajar, a Eva le tocó reemplazar su papel y cuidar de sus tres hermanas y dos hermanos, junto con su abuela. “Mi abuela fue prácticamente nuestra madre, a quien todos le decíamos mamá, porque fue quien nos crío. Ella tenía que hacer otras actividades para poder educarnos, lavaba ropa ajena, hacía pan y tortillas para vender y nosotras apoyábamos en todo eso”, comenta Eva. Eva Sánchez. Directora de la Organización Intibucana de Mujeres «Las Hormigas». Al entrar en los pensamientos de esta inquieta mujer y llevarla épocas atrás, los recuerdos que afloran son las visitas al río, pues aunque tenía que lavar ropa ese era el escenario perfecto para bañarse, chapotear en el agua o nadar. Era quizás uno de los pocos momentos para sentirse niña plenamente, porque al regresar a casa tenía que hacer la cena, por eso aprendió a hacer tortillas desde muy pequeña. Hoy, Eva, la mayor de sus hermanas y hermanos, tiene 48 años y es madre de 3 mujeres y 1 varón. A pesar de no ser una madre expresiva, dice que ama mucho a los suyos, por eso les acompaña en su andar, les plática de sus vivencias y experiencias, y les invita a ser solidarios con la humanidad. Siempre les recalca que el dinero no debe ser la meta más alta en sus vidas, sí, la solidaridad, el amor y el respeto por las personas. Procura tener conversaciones seguidas con su hijo para que no sea reproductor de violencia y con sus 3 hijas habla de la libertad e independencia, para que puedan alcanzarla. El Hormiguero de Eva Con una mochila cargada de sueños, esperanzas, anhelos y un recorrido de hasta más de ocho horas de camino para llegar a las comunidades del Municipio de San Francisco de Opalaca, siempre en Intibucá, Eva comenzó en sumergirse en el mundo de la defensa de derechos humanos a través de la Asociación para el Desarrollo Rural de Honduras (ADROH). “Trabajé en Municipalidad de la Esperanza con un proyecto que se llamaba gestión municipal con enfoque de género. Allí empezamos a trabajar en temas como: la planificación estratégica de género, políticas municipales de género. La Esperanza fue el primer municipio de Intibucá, no diría a nivel nacional, pero sí a nivel Departamental que tuvo una política municipal de género”, rememora Eva. En el Octubre del 2000 junto a otras mujeres que pertenecían a diferentes organizaciones comunitarias, y municipales se organizó la Primera Marcha Departamental de Mujeres en Contra de la Pobreza y la Violencia hacia las mujeres, en la que se elaboró una “Propuesta de Demandas contra la Violencia y Pobreza”, que fue entregada a las Autoridades Municipales de Intibucá, Yamarangila y La Esperanza. A partir de ese momento se siente la necesidad de crear una agrupación de mujeres que dé seguimiento al cumplimiento de las demandas establecidas en la propuesta, Así nació La Organización Las Hormigas, comenta. Desde Las Hormigas no solo se dio seguimiento a la propuesta, sino también al cumplimiento de otros objetivos encaminados a mejorar la situación de discriminación y desigualdad de las mujeres. Las mujeres de escasos recursos económicos del Departamento de Intibucá, se convirtieron en el público meta. Para ello comenzaron a coordinar con las autoridades municipales de la zona, con operadores (as) de justicia, Oficinas Municipales de las Mujeres, entre otras estructuras e instancias estatales. La Agenda Estratégica Municipal de las Mujeres Eva Sánchez, Directora de la Organización Intibucana de Mujeres «Las Hormigas». Sus peleas son diarias. Las batallas por incorporar en las agendas municipales la agenda de las mujeres para que se respalden, se reconozcan y se respeten sus derechos son algunos de los desafíos que la impulsan a mantener en pie una utopía que poco a poco se ha ido haciéndose realidad. El trabajo de Las Hormigas ha ido dejando un legado, probablemente insuperable en la zona. A la fecha han logrado que al menos 4 municipalidades del departamento de Intibucá incluyeran en sus planes municipales, la que denominan “Agenda Estratégica Municipal de las Mujeres”. La Agenda de las Mujeres plantea temas sensibles, problemas que viven las mujeres en la zona pero que Las Hormigas presentan con una propuesta de solución: Institucionalidad y Gobernabilidad Democrática con Enfoque de Equidad de Género; Derecho a la Participación Ciudadana, Social y Política de Las Mujeres; Derecho de las Mujeres a la Paz
¡Abrí las piernas!…los abusos sexuales de las trabajadoras domésticas en Honduras
Por: Signy Fiallos y Claudia Mendoza Como si formara parte de sus deberes en el servicio doméstico remunerado, muchas mujeres son obligadas por sus patrones a tener sexo. Otras son violadas sexualmente o acosadas por el patrón, el hijo del patrón y a veces hasta por las patronas. No hay registro puntual de cuántas mujeres sufren abusos sexuales en Honduras, pero sí testimonios que hacen visible una situación silenciosa y muy dolorosa. Contar este tipo de episodios resulta hasta vergonzoso para muchas de las mujeres del servicio doméstico remunerado. Eso, más el hecho de que esta situación acontece detrás de las paredes de una vivienda, hacen presuponer que nada puede evitarlo. Las historias que a continuación narramos no fueron sacadas de la imaginación de quienes escribimos. Cambiamos el nombre de las protagonistas por razones obvias, pero los hechos que aquí se cuentan son reales. “Te acostas conmigo o te mato” La llamaremos Esperanza. Asociamos el seudónimo dado a la protagonista de esta historia porque eso alberga ella en su interior: la esperanza de que la situación de las mujeres del servicio o trabajo doméstico remunerado en Honduras, cambié algún día. Dos veces, dos patronos distintos, intentaron abusar sexualmente de ella. “Gracias a Dios”, dice, “solo me manosearon y me sacaron el susto”. Hoy quiso contar su caso para que se sepa lo que viven ellas en las cuatro paredes de ese mundo privado, de los impenetrables muros de esa nebulosa. Esperanza llegó a la colonia Villa Olímpica, en Tegucigalpa, proveniente de Yuscarán, oriente de Honduras. Trabajó 3 meses en una casa en la que cuidaba a dos niños de 11 y 5 años de edad. La madre de los pequeños viajaba contantemente al norte de Honduras, pero el patrón tenía un horario irregular vendiendo autos semiusados, que importaba desde los Estados Unidos, por eso llegaba a la casa a la hora que él deseara. “Desde que llegué a trabajar vi cómo me miraba y me decía cosas”, contó Esperanza, mientras agregó que así comenzó a asediarla. Se trataba de hallarla sola. “Lo primero que hacía era quitarse la ropa y comenzar a caminar en calzoncillos y caminaba para que lo viera, hasta que un día se me acercó y me apretó contra su cuerpo y me restregó su pene; me decía que fuéramos al cuarto”. Esperanza lo amenazaba con contarles a su esposa y a una vecina que tenía de amiga la familia; así lograba evitar que abusara de ella. Recuerda que un día mientras lavaba el baño, su patrón llegó sorpresivamente. Se acercó, la atrajo por la fuerza hacia su cuerpo y comenzó a tocarla. Y mientras intentaba arrastrarla por los brazos y pelo, y pretendía bajarle sus pantalones, se escucharon los gritos de los hijos del patrón, llamándola desde afuera. “Él no sabía que ese día los niños vendrían temprano de las clases y eso lo puso nervioso y salió corriendo a ponerse la ropa. Yo me fui a abrirles, los abracé y le di gracias a Dios. Ese día dormí con ellos porque mi patrona no estaba y me dio miedo que se metiera a mi cuarto a violarme”, contó. Ese breve episodio se había repetido en reiteradas ocasiones, pero ese mes esperó hasta el día en que recibió su sueldo. Salió de aquella casa y nunca más regresó. “Abrí las piernas o te meto un tiro” “De las brasas, Esperanza cayó al fuego”. Al dejar el trabajo anterior esta mujer, hoy de 44 años, nos narró que fue a trabajar a Prados Universitarios, otra colonia ubicada en Tegucigalpa, en donde cuidó un bebé de 8 meses. “Al principio todo iba bien, pero cuando mi patrona no estaba, el patrón comenzó a tocarme cuando estaba en la cocina, o en el cuarto. Yo no sé, pero a veces creo que los hombres se aprovechan de la humildad de uno. Es como si saben que uno es miedoso”, dice, mientras sigue contando que allí solo estuvo dos meses. Sin embargo, ese fue suficiente tiempo para sufrir otra racha de vejámenes. Su acosador la vigilaba y esperaba a que su esposa saliera para intentar seducirla, pero al obtener resistencia como respuesta, como ocurrió en una oportunidad, la metía por la fuerza en su cuarto. “Una vez me tiró a la cama y él se me tiró encima. “Abrí las piernas”, me decía, mientras intentaba desabrocharse sus pantalones. Pero la situación se le complicó porque no pudo coordinar el quitarse sus pantalones y taparle la boca a la joven para evitar que los gritos que daba, se escucharan por los vecinos. Esperanza atribuye a la “divina providencia” el que su patrón no la haya violado ese día. Sin esperarlo, un guardia de seguridad de la colonia llegó a tocar la puerta y al ver que nadie abría, comenzó a llamar por su nombre al patrón de Esperanza. “Yo no tenía con quien hablar y con los guardias comenzamos a hacernos mis amigos. Me contaron que tuviera cuidado que el patrón porque tenía fama de acosar a las trabajadoras y fue cuando decidí contarles lo que yo vivía”. Esperanza afirma que el guardia le dijo, momentos después del percance, que al ver que su patrona se había ido presintió que algo podría estar pasando. Por eso llegó y tocó la puerta con insistencia. Esperanza aprovechó el momento para salir de la casa hasta que su patrona regresara. Al día siguiente se fue y abandonó ese trabajo. Nancy y un patrón que la “manoseaba” Nancy hoy es una mujer de 25 años, tiene una hija de nueve y es originaria de un pueblo al sur de Francisco Morazán. Su vida laboral, en la que ha conocido abusos, incluyendo los sexuales, comenzó a sus escasos 12 años, cuando fue llevada por su madre a Tegucigalpa, a trabajar como empleada doméstica en una casa en la que tenía que hacer la limpieza y cuidar a una pareja de dos adolescentes, mayores que ella. “Yo no sabía hacer nada, mi patrón no tenía esposa