Escrito por Aimée Cárcamo Aleyda Suyapa Álvarez se encuentra en la larga lista de mujeres que han sido violentadas en su ejercicio de participación política en Honduras. Ella participó en las elecciones de 2021 como candidata a diputada por el departamento de Choluteca, en las filas del partido Unificación Democrática (UD). En la rifa para definir la ubicación de los candidatos y candidatas de su partido quedó en la primera casilla, pero sus compañeros decidieron colocaron a un hombre y a ella la dejaron en segundo lugar. Aleyda, quien es maestra de educación primaria, no logró convertirse en diputada en ese entonces, pero no desiste de su objetivo. En el 2025 participará nuevamente en la contienda electoral. “En Choluteca, en la historia, nomás recuerdo 3 mujeres diputadas que han llegado hasta allí”, dice, mientras cuestiona las diferentes manifestaciones de violencia por parte de los hombres, que enfrentan las mujeres que deciden incursionar en política. Ese hecho no es un caso aislado. Aleyda tiene muy claro que estas situaciones que enfrentan las mujeres tienen su cimiento en el patriarcado que impera dentro de los partidos políticos y que, incluso, se expresa de forma verbal en las reuniones partidarias en las que se defiende el “derecho” para que los hombres accedan a primeros lugares, mientras a las mujeres se les deja relegadas, a las “segundas opciones”. Mientras, “la violencia política sucede de forma muy silenciosa, pero muchas mujeres no lo admiten para encajar en sus partidos”, dice sobre el tema la precandidata a diputada por Francisco Morazán, Ana Lizeth Méndez, del Partido Demócrata Cristiano de Honduras (PDCH). Y “una manifestación de esa violencia es omitiendo la participación de la mujer dentro de las mismas instituciones políticas”, afirma. Estas y otras situaciones relacionadas con diversos tipos de violencia enfrentan las mujeres que deciden incursionar en política en Honduras, tal como cita el informe “Violencia Política Contra las Mujeres: Un Desafío Global”, de la Organización de Naciones Unidas (ONU), el que establece que al menos el 80 por ciento de las mujeres políticas en el mundo ha experimentado algún tipo de violencia o acoso durante su carrera política. Otro estudio, realizado por IDEA Internacional, indica que alrededor del 75% de las mujeres políticas han experimentado algún tipo de violencia o acoso, incluyendo amenazas, abuso en línea y ataques sexuales, mientras que el informe «Violencia Política Contra las Mujeres en América Latina y el Caribe» elaborado por el Observatorio de Igualdad de Género de América Latina y el Caribe, destaca que el 52% de las mujeres políticas en la región han sufrido algún tipo de violencia o acoso político. Aleyda Suyapa Álvarez aspira a convertirse en diputada por el departamento de Choluteca, en el partido Unificación Democrática (UD). El informe de julio de 2021 de ONU Mujeres, «Prevenir la violencia contra las mujeres en la política», aporta otros elementos, como que “la violencia afecta negativamente la participación política de las mujeres, generando miedo, limitando su libertad de expresión y obstaculizando su capacidad para ejercer cargos públicos”, lo que socava la democracia. Una ley para prevenir, sancionar y erradicar la violencia política contra las mujeres Recientemente, la Comisión de Equidad de Género del Congreso Nacional dictaminó a favor de dos proyectos de ley cuyo fin es el de coadyuvar a la participación equitativa y el ejercicio pleno y libre de los derechos políticos de las mujeres hondureñas. El primero es el proyecto presentado por el Consejo Nacional Electoral (NCE), “Reforma por adición a la Ley Electoral de Honduras, del Título para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia Política contra las Mujeres”. La segunda es una iniciativa de las congresistas Fátima Mena y Johana Bermúdez, intitulada “Ley para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra las Mujeres en la Vida Política en Honduras”. En ambos proyectos se plantea abordar de manera integral la promoción y aprobación de disposiciones con el propósito de prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres en la vida política. Asimismo, asegurar que las mujeres ejerzan plenamente sus derechos políticos y participen en igualdad de condiciones en todos los ámbitos y roles de la vida política y pública, particularmente en los cargos de gobierno. Ambos proyectos plantean respuestas a una problemática que desestimula la participación de las mujeres en procesos de elección popular e impacta, por ende, en la democracia. “No se puede hablar de democracia en un país en el cual la mitad de la población está excluida (…),la mitad de la población no tiene la posibilidad de externar sus demandas o su posicionamiento político sin tener una reacción de violencia”, reflexionó la diputada Silvia Ayala, integrante de la Comisión de Género del Congreso Nacional, en un evento organizado por el Foro de Mujeres Políticas, una organización que forma parte del Consorcio de Mujeres Unidas por Honduras (COMUNH), espacio al que también pertenecen el Centro de Estudios de la Mujer -Honduras (CEM-H) y el Centro de Estudio para la Democracia (CESPAD). Desde COMUNH, estas organizaciones promueven la urgencia de aprobar esta Ley, porque afirman que la violencia política es uno de los principales obstáculos que enfrentan las mujeres que participan en política. “La violencia política desestimula y en muchos casos anula el ejercicio de participación política de las mujeres”, sostiene Dulce Davis, del Cespad. Agrega que “en materia de derechos políticos erradicar la violencia política contra las mujeres debe ser una de las principales apuestas, pues ya diversos estudios demuestran que la violencia política en razón de género es una de las principales causas por la que las mujeres no participan en política o abandonan su carrera política”. El proyecto de una ley de violencia política contra las mujeres ya había sido presentado en otras legislaturas, pero no había llegado a dictamen, recordó Ayala, quien también comentó que inicialmente se esperaba que la normativa fuera aprobada el pasado 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer. Ayala trajo a colación que, “el propio 8 de marzo decía un diputado… ¿y por qué les tenemos que aprobar una ley especial (a las
¿A qué se debe la baja participación de las mujeres hondureñas en política?
Escrito por Aimée Cárcamo Aunque en Honduras fue electa la primera mujer presidenta de la historia, en el Congreso Nacional apenas el 27% de las y los 128 diputados son mujeres, y de 298 corporaciones municipales las alcaldesas representan tan solo el 6.37% del total. Es decir, el decreto 35-2021 contentivo de la nueva Ley Electoral, que incluye los primeros mecanismos para incentivar la participación y representación política de las mujeres en Honduras, no tuvo los efectos deseados en las pasadas elecciones de 2021. Lo paradójico de estos resultados es que las mujeres son el 52% de la población hondureña y representan el 54% del padrón electoral. Sin embargo, las mujeres todavía se enfrentan a una serie de obstáculos que limitan su derecho a participar en política. El segundo domingo de marzo de 2025, Honduras acudirá a elecciones primarias e internas y el último domingo de noviembre de ese mismo año, a las elecciones generales. Pero, hasta el momento, no se avizoran cambios que garanticen la participación política de las mujeres en igualdad de condiciones y con las mismas ventajas que sus pares masculinos. Paridad, alternancia y 15% para las mujeres En la Ley Electoral aprobada en el año 2021 se establece que todas las nóminas para cargos de elección popular, en todos los niveles electivos, deben estar integradas en un 50% por mujeres y en un 50% por hombres. Asimismo, que se debe utilizar el mecanismo de alternancia por género, conocido popularmente como “la trenza”. Ese mecanismo debe aplicarse en las elecciones primarias e internas y en las generales cuando los partidos políticos no hayan celebrado las primarias. En otras palabras, sólo a los partidos que no realizan elecciones primarias se les aplica la alternancia en las elecciones generales. Aunque valora la ley de forma positiva, Dulce Davis, del equipo del Centro de Estudio para la Democracia (CESPAD), dice que la sociedad debe mutar hacia normativas legales que fomenten y protejan y garanticen la participación política de las mujeres, para lograrlo, “estos avances tienen que estar acompañados de otros instrumentos para asegurar el cumplimiento de esta ley”. Por eso hace hincapié en el trabajo que se desarrolla desde el Consorcio de Mujeres Unidas por Honduras (COMUNH), integrado por el Centro de Estudios de la Mujer-Honduras (CEM-H), del Foro de Mujeres Políticas de Honduras y del Centro de Estudio para la Democracia (CESPAD), apoyado por el Instituto Nacional Demócrata (NDI, por sus siglas en inglés). En COMUNH, estas organizaciones tienen como objetivo mejorar la participación de las mujeres en espacios políticos para llegar a una real incursión y erradicar la violencia política hacia las mujeres. Y es que, si de violencia política se trata, las mujeres se enfrentan a diversas violencias que se traducen en agresiones físicas y psicológicas por medio del acoso sexual, acoso cibernético, campañas de difamación, estrategias de intimidación, hasta el arrebato de sus vidas. Ese escenario es la manifestación clara de una cultura política basada en la masculinización de los liderazgos, la discriminación y la instrumentalización de la mujer para alcanzar las cuotas. Todo esto se retroalimenta con la ausencia de marcos normativos para prevenir, atender, sancionar y erradicar la violencia política contra las mujeres. Estos aspectos limitan a la mujer a desarrollarse plenamente en su ejercicio político o una vez instalada en el cargo para el que fue electa, acota Davis. La nueva Ley Electoral también aumenta el presupuesto asignado a los partidos políticos para fomentar el liderazgo de las mujeres, que gracias a la lucha del Foro de Mujeres Políticas (FMP) pasó del 10% al 15% del equivalente a la deuda política de las últimas elecciones generales. Davis señala que, aunque es probable que esos fondos se entreguen, es importante establecer reglamentos y dar seguimiento al uso que se haga de los mismos, para garantizar el mandato de la ley que es el “fortalecimiento del liderazgo político de mujeres”, por lo que es fundamental que las instancias electorales como el Consejo Nacional Electoral (CNE) y la Unidad de Política Limpia (UPL) vigilen su cumplimiento y sancionen a los partidos que no le dan el uso predestinado. Honorina Rodríguez, del Foro de Mujeres Políticas (FMP), no descarta que los partidos minoritarios sí están haciendo el uso correcto de esos recursos, pero al tener un menor caudal electoral los resultados no se reflejan en el número de mujeres en cargos dentro del Congreso Nacional o en las municipalidades. El desafío que enfrentan las organizaciones feministas es que los partidos políticos no rinden cuentas sobre la inversión real del 15% para fomentar el liderazgo de las mujeres, agrega por su parte el analista político Rafael Jerez. Una cultura machista Rodríguez también considera que los espacios para la incorporación de las mujeres en la toma de decisiones están limitados igual o más que antes; existe una legislación, pero su aplicación es nula o fragmentada, y “no logramos que los partidos políticos cumplan con responsabilidades que tienen para promover a las mujeres políticas”. Citó como ejemplo que los partidos políticos les hacen campaña a los candidatos hombres, pero casi no invierten en publicidad ni les hacen promoción a las candidatas mujeres, entre quienes la falta de recursos económicos es una de las principales barreras que les impiden promoverse y visibilizarse. El panorama es menos favorable si además de ser mujer y ser pobre pertenece a una etnia. “Los obstáculos para participar en política empeoran”, dice Rodríguez. Otros agravantes son la edad de la mujer, si es muy joven o muy mayor, si sufre alguna discapacidad física o tiene una identidad de género diferente a la convencional. El cúmulo de dificultades que enfrentan las mujeres también está relacionado con el hecho de que en las juntas directivas de los partidos políticos los hombres son mayoría, ocupan los cargos de mayor peso y son quienes toman las decisiones. Lo anterior es parte de la cultura machista que persiste con argumentos y tendencias de relegar a las mujeres a los espacios privados y evitar que trasciendan a los escenarios públicos porque no
Sistematización de experiencias del Encuentro de Mujeres Defensoras de los Bienes Comunes de la Naturaleza
La “Declaración sobre el derecho y el deber de los individuos, los grupos y las instituciones de promover y proteger los derechos humanos y las libertades fundamentales universalmente reconocidos”, identifica a las defensoras como individuas que actúan para promover y luchar por la protección y respeto de los derechos humanos y las libertades fundamentales. Sin embargo, la historia ha demostrado que el Estado y los gobiernos hondureños han considerado a las mujeres defensoras de los bienes comunes de naturaleza, tierra y territorios una amenaza latente. De hecho, el contexto nacional plantea un escenario lleno de agravantes basados en género para ejercer la defensoría; son cifras alarmantes que denotan la normalización de una cultura de odio contra las mujeres. Según el Comisionado Nacional de Derechos Humanos (CONADEH), “cada 24 horas se registra la muerte violenta de una mujer”[1]. Mientras que, en mayo de 2022, la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas reportó[2] 30 personas defensoras víctimas de ataques, de las cuales 22 eran defensoras de la tierra y territorio, y tres que fueron asesinados, eran ambientalistas. Mientras que, en relación con las muertes violentas de mujeres, el Observatorio de Violencia contra las Mujeres registró 240 crímenes[3], entre el 1 de enero al 31 de octubre de 2022. El contexto deja claro que en Honduras las personas que hacen defensoría territorial son blanco de persecución, violencia y muerte, una realidad con características diferenciadas de hostilidad cuando se trata de una mujer indígena, campesina o en situación de empobrecimiento. Pero, si algo ha distinguido a la memoria latinoamericana ha sido la capacidad de los pueblos y otras expresiones del movimiento social de articularse en resistencias, con la convicción de que han sido y son vitales para evitar la instalación absoluta, y sin oposición, de modelos vasallos del sistema capitalista, patriarcal y colonial. Estos espacios han visibilizado el aporte fundamental de las mujeres como sujetas políticas importantes para la transformación y construcción de estrategias democráticas orientadas, y el rescate de la herencia ancestral. En ese marco, el presente documento contiene la sistematización de las experiencias de las mujeres que participaron en el Encuentro de Mujeres Defensoras de los Bienes Comunes de la Naturaleza, realizado en Sabá, departamento de Colón, los días 27 y 28 de octubre de 2022. El Encuentro se desarrolló como parte de las acciones estratégicas del proyecto “Fortalecimiento en derechos civiles de las redes de mujeres de la Coalición Ambientalista Copán (CAC)”, financiado por Civil Rights Defenders. En el espacio participaron mujeres pertenecientes a los grupos indígenas hondureños Maya-Chortí, Lenca, Tolupán, Garífuna y Pech. Un total de 5 pueblos fueron representados por 37 mujeres participantes, comprendidas entre los 17 y 70 años de edad. Descargue el documento aquí: Sistematización de experiencias del Encuentro de Mujeres Defensoras de los Bienes Comunes de la Naturaleza [1] CONADEH [2] Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas en Honduras [3] Centro de Derechos de las Mujeres | Dato al 31 de octubre de 2022
Leocadia Guity: una mujer garífuna que se fortalece con el mar y aspira a vivir sin violencia
Escrito por: Nancy García Con música de fondo, entre las mujeres del Encuentro de Defensoras de los Bienes Comunes, encontramos a Leocadia Guity, quien en su amena plática comienza hablar del proceso de elaboración del cacao. Se muestra con su semblante severo, pero “capa por capa” vamos descubriendo que “Cayita”, como se le llama, es una mujer que ha dedicado su vida a fomentar el respeto de los derechos de las mujeres y de los pobladores de las comunidades Garífunas. Se levanta de la silla que ocupa y con una sonrisa se irradia todo, nos muestra las máquinas en las que se realiza el proceso de producción de una bebida a la que han nombrado choco-gifiti. “Primero se seca el cacao; cuando el gifiti ya está embazado en tambos se combina con el chocolate. Le agregamos azúcar, canela y se mezcla. Le echamos el gifiti y después otras cosas que son ocultas”, dice, mientras finaliza con una carcajada, para no develar el secreto que guardan las mujeres garífunas en su receta para crear una bebida que cautiva a quienes visitan su playa. Cayita pertenece a la organización Wagucha, una palabra garífuna que en español quiere decir Nuestra Raíz. Las raíces de Leocadia Leocadia Guity es una mujer que cimentó su destino en las fincas bananeras de la Lima, Cortés. “Allá crecí, hice mi escuela y todo”, dice, mientras agrega que es la hija de “en medio” de siete hijos e hijas que tuvo su madre. Recuerda su infancia en compañía de su madre, una mujer ama de casa y un padre instalado en los Estados Unidos; trabajó en una empacadora durante su estadía en la Lima, Cortés y luego pasó a trabajar en un hotel en las Islas de la Bahía. Dio sus primeros pasos en organizaciones, hace doce años. Dice que no se arrepiente de esa decisión que transformó su vida. “Yo empecé a hacer la lucha cuando me traslado a Trujillo. Desde ese tiempo comenzó mi lucha para hacerle ver a las mujeres que tenemos un valor y poder de hacer las cosas”, dice. Leocadia Guity. Foto: CESPAD. Para ella no ha sido tan difícil adentrarse a luchas colectivas, pese a la discriminación que siguen recibiendo los pueblos garífunas, pero reconoce que en la época de su madre la garantía de sus derechos era todavía un sueño. El rol de Leocadia En la organización de Wagucha hay hombres y mujeres. Ella hace de todo un poco: desde sembrar cacao, pimienta gorda, canela, vender choco-gifiti, asistir a capacitaciones y el apoyo a muchas mujeres que son víctimas de violencia. Wagucha les brinda a sus integrantes apoyo para sembrar un huerto de forma colectiva; cuenta con un restaurante para ofrecer lo que producen a las personas que llegan a visitar Trujillo. Es una organización con personería jurídica. Aunque los ingresos no son muy elevados, Leocadia disfruta su trabajo. “Me gusta, me gusta mucho; los ingresos son mínimos, pero nos sirve para medio solventar la vida”, señala. Además de Wagucha, Cayita es integrante de la Red de Mujeres de Trujillo. En esta organización se reúne con sus compañeras dos o tres veces al mes. Lo hacen en lugares públicos, como el quiosco del parque, en el mar, o en las instalaciones del INFOP. “Están organizadas más de treinta mujeres. Todas elaboran sus producciones y las muestran en las ferias”, explica. El lugar donde vive, trabaja y utiliza para sus reuniones es un territorio ancestral. “Nos han llegado empresarios y no estamos dispuestos a vender porque es ancestral. Los ancestros lo dejaron para nosotros y ver qué hacemos. No está en venta”, deja claro Leocadia. Leocadia lucha contra los vientos de la agresividad, para que las mujeres ya no sufran humillaciones de ninguna índole. “Yo les hago ver cuáles son los derechos y deberes, porque van de la mano”. Foto: CESPAD. Cuando una mujer acude a Cayita, primero les habla, las concientiza y las acompaña en la decisión que tomen. Siempre les recalca que es posible amarse y avanzar solas, porque ella ya lo ha hecho. Los días de Cayita y su amor por el mar Leocadia tiene claro que no quiere pareja en su vida. Es madre de cuatro mujeres y un varón que asesinaron en Lima. De sus hijas, la menor la acompaña en su hogar. Con ella comparte la alegría de su nieto. Cuando habla de su hija sus ojos le cambian, hay un brillo de orgullo y complicidad. “Está sacando cursos de tabla yeso y cielo falso y raso. No piensa en irse a Estados Unidos”, comenta. Cuando los huracanes Eta y Iota afectaron a Honduras, su familia no fue la excepción. Su hija se quedó sin nada. “No tenía nada que ponerse. No recibimos nada de lo gubernamental, solo el apoyo de la misma familia”. Son esas historias, preñadas de indignaciones, injusticias y un dolor que le han permitido fortalecer sus lazos con el mar. Es ese mar que escucha cuando se levanta y se instala debajo del palo de yuyuga que tiene sembrado en su casa. El que la acompaña cuando se prepara una taza de café y se toma el medicamento para combatir la diabetes. El que le sigue los pasos cuando baja al centro y la ve descansar mientras su hija realiza las labores domésticas. “Cuando mi hija está soy la reina de la casa”, comenta entre risas. Ese ese mar que la ve andar con sus amigas los fines de semana cuando sale a divertirse. El que le pide que las mujeres no callen, que sean más fuertes para denunciar la violencia y que respiren la libertad en todas sus dimensiones.
Análisis de coyuntura: una herramienta política para las mujeres Mayas-Chortí
Escrito por: Nancy García Sin penas, sin miedos y con la valentía de nombrar los problemas que atraviesan en sus comunidades, las mujeres Mayas-Chortí, compartieron sus reflexiones y valoraciones en el Taller: «Análisis de Coyuntura», impartido por el Centro de Estudios para la Democracia (CESPAD), en el Centro Comunal Rincón del Buey. La escena se repite. Las mujeres llegan acompañadas de sus hijos e hijas porque en estas zonas del país no hay quien cuide de sus vástagos. En esta ocasión, un clima gélido y el sonido de estudiantes de la primaria acompañaron el taller. Ya sentadas y formando un círculo, se enciende el micrófono y resuenan las interrogantes: ¿Qué hacer si el bus en que venimos al taller se queda atrapado?, ¿en qué opciones y soluciones pensamos? Partiendo de esas preguntas, se abrió la discusión para realizar el análisis de coyuntura en las organizaciones. Al unísono, todas plantearon opciones que, de forma colectiva, les podrían ayudar a salir del problema. Un ejemplo fue llamar a Rode Murcia, la Coordinadora de la CONAMIH, quien les apoyaría para llegar a la jornada; bajarse y entre todas empujar el bus hasta sacarlo a un lugar donde se pueda reparar, fue otra alternativa como solución al problema. “Pensar en soluciones ya es hacer análisis y lo hacemos todos los días. Lo hacemos cuando nos levantamos y pensamos en qué comeremos, qué debemos preparar. Y esa acción se traslada a nuestras organizaciones”, reafirmó Lucía Vijil, facilitadora de la jornada en representación del CESPAD. Precisamente, en el taller se exhortó a pensar y valorar la coyuntura desde las realidades que estas mujeres viven a diario, para buscar alternativas para la transformación de sus realidades. En la jornada se destacó que las mujeres deben tener una lectura más completa de la realidad nacional, para tener claros los diferentes fenómenos sociales y de la naturaleza, que están marcados por contradicciones. Para ejemplificar esas contradicciones, Vijil trajo a memoria que desde la época colonial existe una paradoja entre los terratenientes que se apoderaron de grandes extensiones de tierra, y el despojo y expulsión de los pueblos indígenas de sus territorios. Se trata, insistió, de una problemática que se traslada a la actualidad en los procesos de acaparamiento y despojo de territorios, llevado adelante por los capitales nacionales y transnacionales en contra de las comunidades agrarias, pueblos indígenas y afro descendientes. “Estos procesos han dado lugar a la resistencia comunitaria contra los megaproyectos extractivistas”, apuntó. Los análisis de las mujeres En medio de una pausa para comer empanadas de frijoles con quesos y salsa, las mujeres se preparan con sus marcadores, papelógrafos y sus ideas para analizar la realidad hondureña desde su diario vivir. Los grupos se dividen. Algunas se quedan en el mismo sitio, otras decidieron alejarse para respirar el aire fresco en las afueras del Centro Comunal. Cada una con sus aportes y conocimientos identifica sus adversarios, aliados, las estrategias y las tácticas para un análisis de coyuntura completo. Culminadas las discusiones, las participantes se apoderaron del micrófono y compartieron con el grupo el resultado de sus debates. Foto: CESPAD. Un grupo, que sobrellevó una situación reciente, relacionada con una auditoría por parte de la Red de Mujeres a la alcaldía, destacó que sus aliados son las oenegés y la Secretaría de Mujer. También que sus principales enemigos son el alcalde, sus seguidores, y sus empleados públicos. “Cuando una menciona la problemática se ponen ariscos. Nuestras tácticas es buscar a una persona más allegada al alcalde e invitarle a “una gallina dorada” para ver si se le puede convencer. En el momento de la situación no supimos identificar esa táctica y las personas que llevamos fueron a hablar de otras cosas y nos echaron a perder todo el plan que teníamos”, citaron como ejemplo. Otro grupo identificó la ausencia de docentes en una comunidad, una situación que pone en peligro el derecho a la educación de sus hijas e hijos. “No hay maestros. Nuestros niños y niñas sin educación. Decidimos analizar cómo llegar a la Secretaría de Educación porque hay maestros que están titulados, pero no tienen plaza, y para llegar al ministro debemos ir con palabras adecuadas. Vemos como aliados las fuerzas vivas de la comunidad, como los patronatos, las juntas de agua y cada organización activa”, acotaron. Por las recientes lluvias, muchas familias tuvieron que salir de sus hogares y trasladarse a albergues o ser acogidas en casas de sus familiares. Por eso, para este grupo, la vecindad, el Cuerpo de Bomberos y los centros educativos son sus aliados y una de las tácticas es el alojamiento en diferentes lugares que les permita a las familias afectadas permanecer en una zona segura mientras se les reubica y habitar en una zona que no sea de alto riesgo. Con las tácticas (como pasos más pequeños) para alcanzar los objetivos, la identificación de los aliados y adversarios, los escenarios posibles y las soluciones a la realidad, las mujeres Mayas-Chortí, adquirieron conocimientos y decidieron adoptarlos como una herramienta política para su organización. Las participantes se mostraron agradecidas y contentas de ponerle nombre a prácticas que han desarrollado desde siempre y que ahora van a incorporar en sus asambleas, reuniones, y en las conversaciones cotidianas con sus compañeras, con quienes hablan de los problemas que trastocan sus vidas.
Mujeres Mayas Chortí luchan por resignificar la política hondureña
Por Nancy García Llegaron temprano desde sus comunidades para iniciar la jornada a tiempo y salir a una hora en que las lluvias no impidan su regreso a casa. Se van acercando y saludando, al tiempo que hacen fila para anotarse y dar inicio al taller: «Participación política de la mujer y su importancia en los movimientos territoriales- sociales», realizado en el Centro Comunal Rincón del Buey, departamento de Copán, occidente de Honduras. Son mujeres de distintas edades. Algunas amamantan a sus hijos e hijas. Son más de treinta y forman un círculo para escucharse y aprender en colectividad sobre participación en la política. La facilitadora es Bessy Ávila, una joven mujer que comienza la jornada pidiendo a las participantes que den su nombre y cuenten sobre desde cuál comunidad se movilizaron para asistir al taller. La mayoría coinciden en que son del Florido, otras del Rincón del Buey y pocas de la Comunidad la Laguna. Afuera del círculo que formaron estas mujeres, quedaron dos sillas ubicadas en la entrada del salón. En ellas estaban sentadas las mujeres encargadas del aseo, quienes desde lo lejos escuchaban, observaban y se convirtieron en parte del taller. «Estamos haciendo política porque estamos incidiendo» Para entrar en materia se le entregó un papel a cada participante. La mitad del grupo se encargó de definir ¿qué es política? y la otra parte ¿qué es cultura? «Casi todo lo mismo que la tradición, lo mismo que uno práctica en las comunidades. Son las cosmovisiones, los ritos que hace el pueblo, cada etnia. Depende del vestuario, la vestimenta que se utiliza, los juegos tradicionales, bailes«, aseguraron, refiriéndose a la cultura. Para la otra mitad del grupo, la política se ha construido bajo los sinónimos de propaganda, falsas promesas y el accionar de los partidos políticos tradicionales, encabezados por hombres. Concluyeron en que esa misma visión de la política tradicional, invisibiliza a las mujeres, pese a que también son sujetas políticas. Foto: Nancy García/CESPAD. «La política depende de nuestra cosmovisión, de cómo trabajamos nuestras tradiciones y costumbres. La cultura es una forma de expresarnos. Tenemos que tener una política que responda a la cultura de las mujeres Mayas Chortí«, reafirmó Ávila. “¿Estamos haciendo política?, ¿qué es la cultura política?, ¿cómo construimos una cultura política?”, fueron algunos conceptos que también se sometieron a discusión en esta etapa del encuentro. Para contestar a las interrogantes, la facilitadora remarcó que las mujeres mayas están haciendo política desde el momento en que están incidiendo en los diversos espacios en sus comunidades. Asimismo, cuando forman parte de debates y consensos en talleres o construyen conceptos desde sus distintas realidades. “Tenemos que saber que existen tres tipos de cultura política. La cultura política parroquial, la cultura política de súbdito y la cultura política de participación. Y en esta última están ustedes. La política no sólo la desarrolla una persona, es saber escuchar a la comunidad”, aseguró Ávila. “No nos sentimos representadas” En medio de esa discusión, las mujeres sostuvieron que no se sienten representadas con la forma en que se hace política en Honduras. “No nos sentimos representadas. Las mujeres somos triplemente discriminadas. Una por ser mujer, dos por ser mujer maya y tres, por ser pobre. No se respetan nuestras creencias”, afirmaron. Y es que, a partir de esa forma de concebir la política muy ligada a la corrupción, al robo, al saqueo y la manipulación, las mujeres han destacado que están en un proceso de construcción de una nueva política en la cual la participación de las mujeres se valore igual que la de los hombres. “La política no solo la hacen los hombres, pero la participación de las mujeres sigue siendo desigual”. Para las participantes, la elección de Xiomara Castro Sarmiento, como la primera presidenta de Honduras, representa un avance para la lucha de las organizaciones feministas y de las mujeres en general. Por eso, las participantes esperan que se cumplan los compromisos expuestos en campaña electoral. “No queremos ser mal burladas y que saquen adelante todos los compromisos que tienen con nosotras. Nosotras tenemos que hacer una política con más ternura, desde la solidaridad y para transformar la realidad de las mujeres”. Participación de la mujer era nula En la parte final de la jornada, las participantes escucharon sobre el aporte a la historia de Honduras de mujeres como Lucila Gamero de Medina, Paca Navas, Clementina Suarez, la coronela Suzana revolución, las integrantes de la Sociedad de Cultura Femenina, entre otras. Ávila dijo en esta etapa del taller que la participación de las mujeres ha sido nula y aunque las pioneras en empujar por cambios fueron mujeres que tenían una posición económica privilegiada, con el paso de los años y el avance de los feminismos, las mujeres en los territorios han asumido una lucha frontal contra un sistema que privilegia el despojo de los bienes comunes, la migración masiva, el clasismo, el asesinato a lideresas y la discriminación acelerada que nace y se reproduce desde los medios masivos de comunicación. En medio de una variedad importante de luchas, las mujeres colocaron los nombres de las organizaciones que trabajan a favor de la defensa de sus derechos, en sus comunidades y realidades. Entre esas organizaciones y el trabajo de las mujeres que destacan por su aporte, nombraron a Berta Cáceres, Miriam Miranda, Magdalena Morales, Rode Murcia, Margarita Murillo, y las mujeres que integran la Red de Defensoras de Derechos Humanos, el Foro de Mujeres por la Vida y muchas otras con las que se encuentran y luchan en otros espacios. “A veces, cuando una lee libros de mujeres piensa cómo nos hubiéramos dado cuenta de la vida de esas mujeres si no hubieran hecho un libro. Mujeres campesinas como Margarita Murillo, asesinada, o María Luisa que ha hecho montones de cosas, tienen que quedar en estas memorias. Tenemos que hacer un alto para escribir nuestras memorias porque no estamos permitiendo la construcción de lo que hemos venido haciendo”. Las mujeres mayas agradecieron y honraron la memoria de las ancestras. También se animaron
Kenia Sevilla y su desbordante pasión a favor de la lucha de los derechos de las mujeres tolupanas
Por: Nancy García Abre las puertas de su hogar contando anécdotas ocurrentes. Prepara té con diferentes hiervas y mientras nos invita a sentarnos a la mesa, comienza a narrar historias que inducen a soltar las carcajadas de quienes la acompañan. En cada elocución hay personajes olvidados que ella decide volver a nombrar. Y así, entre risas y recuerdos, Kenia Sevilla, de la tribu Tolupana de Agalteca, nos cuenta sobre su vida y sus afanes a favor del respeto de los derechos humanos de las mujeres de su grupo étnico. Kenia no habla solo a través de su voz. Su cuerpo se mueve y parece una celebración constante pese a la realidad que viven las mujeres de la Tribu a la que pertenece. Esta mujer se mudó hace ochos años a la comunidad de Agalteca, una comunidad ubicada a dos kilómetros del norte de Olanchito. Aquí hay casas construidas de cemento, la mayoría pintadas en amarillo y rojo. Hay muy pocas erigidas de adobe. “Mi mamá decidió volver a sus raíces”, dice, porque así fue como Kenia regresó a su comunidad. Fue su madre quien decidió comprar el terreno y cada domingo, a las cinco de la mañana, en compañía de su esposo, visitaban aquel lugar con las paredes levantadas y los silencios presentes. Con el trabajo y el esfuerzo compartido, hoy tienen su hogar. En el viven con su hijastra, los animales, sus plantas y sus luchas. Kenia Sevilla, al momento de ser entrevistada. Foto: Nancy García/CESPAD “Tuve una niñez muy feliz” Kenia es hija de un obrero de la Standard Fruit Company, y una madre dedicada al trabajo doméstico no remunerado. Su vida cambió cuando su padre decide irse a los Estados Unidos, cuando apenas era una niña con once años. Su madre también toma la decisión de partir tras el “sueño americano”, cuando era una adolescente de quince años. La madre de Kenia creció en otra comunidad de la Tribu de Agalteca, en Sabaneta. Su abuelo quería que su madre estudiara, por eso se mudaron a Olanchito y allí tuvo una infancia muy feliz. “Tuvimos muchas, muchas dificultades, pero supieron darnos lo necesario”, destaca Kenia. Las compañías de esta joven eran las hermanas de su madre y su abuela materna. El dinero no alcanzaba en el hogar, por lo que determinaron que ninguno de sus hijos e hijas asistieran al kínder. Ingresaron a la escuela pública Joaquín Reyes Tejeda en Olanchito. Sus estudios secundarios fueron divididos entre los colegios Francisco Mejía y el Guillermo Moore. Y después, cerca de las playas y el calor de Trujillo estudió Educación Primaria. Su adolescencia estuvo dedicada al estudio y concentrada en los aprendizajes de su abuela materna, quien le enseñó a cocinar, a combinar plantas para elaborar recetas con recuerdos de sus ancestras. “No hice nada más. Aprendí a cocinar por mi abuela que vendía pan cuando se rezaba los novenarios. Antes se tenía la costumbre que lo que hacían los abuelos o sus padres a usted lo ponían. No como ahora, los padres hacen y los hijos están acostados”, comenta Kenia con tristeza en su rostro. Secretaria del Concejo de la Tribu Tolupana de Agalta Instalada en la comunidad, Kenia conoció a familiares que compartían su mismo vínculo. Esos familiares lejanos, la invitaron a formar parte de una Caja Rural, espacio que le gustó e inspiró para involucrarse en la lucha de la Tribu Tolupana de Agalteca. En esas reuniones y primeros acercamientos, Kenia cargaba en sus manos una libreta. “Ellos miraron que siempre llevaba cuaderno para apuntar lo que decían”, recuerda. Su primo Arlen es el actual presidente y le propuso ser la secretaria del Concejo, idea que la deslumbró. En el 2019, en una asamblea, el sueño se hizo realidad. Kenia fue nombrada como la nueva secretaría. Desde ese espacio se da cuenta que a la mayoría de las mujeres de la Tribu las inmoviliza el desconocimiento y el olvido de su historia, debido a la imposición de otras formas de vivir su cultura. Así supo que es una de muchas mujeres que no habla Tol, la lengua de la Tribu Tolupán. «Los antepasados eran tan celosos que no compartían. Había personas que hablaban Tol, pero no la compartieron”, señala, mientras medita que esa una de luchas que las mujeres pueden retomar para mantener viva su lengua. Otro de las luchas conquistadas es la integración de mujeres en el Concejo de la Tribu. “Este año tenemos la bendición de que el Concejo de Tribu de Agalteca estamos siete mujeres conformándolo, y un varón, de los ocho miembros que somos”, enfatiza. El Concejo fue elegido mediante asamblea y uno de los requisitos principales es ser indígena. “Los ladinos incorporados tienen voz, pero no voto”. Foto: Nancy García/CESPAD Recuperar los territorios es recuperar su identidad Para Kenia, entre las principales luchas, el Concejo tiene que reforzar la identidad tolupana, el estudio por los convenios internacionales y leyes nacionales que protegen y garantizan el derecho a permanecer en sus territorios. “Estudiar sobre el Convenio 169 y la más grande lucha es por recuperar nuestros territorios”, destaca. Desde el 2019, cuando fue nombrada secretaria, Kenia se ha enfrentado a tres juicios por la recuperación de los territorios. “Hay unas familias a las que el Estado les dio títulos sobre nuestros títulos ancestrales. Ese es el pleito, recuperar nuestros territorios. Incluso hay dos o tres colonias de Olanchito que pertenecen a nuestra tribu. Que están dentro de nuestro mapa”, enfatiza. A través de la realización de actividades y la solidaridad de otras organizaciones, han contratado abogados para recuperar los territorios. La defensa del territorio ha traído persecución, amenazas con armas y hostigamiento. “Hemos hecho denuncias ante el Ministerio Público, la Fiscalía de las Etnias, porque ellos a los abogados los amenazaron con armas para que no nos siguieran ayudando. Hubo una vez que derrumbaron cartas. Hay títulos desde 1914, imagínese. Hace tiempos”, recuenta Kenia. Kenia no ha sido víctima directa de persecución, pero el Concejo del periodo anterior, fue atemorizado por
¡Existen y resisten!… las mujeres de la Ramón Amaya Amador
Por Alessandra Bueso Periodista del CESPAD Levantarse a las 3 y 30 de la mañana para alistarse y a las cuatro en punto comenzar a preparar la olla solidaria, no es un sacrificio para las mujeres que conforman la Red de Mujeres Unidas de la Colonia Ramón Amaya Amador, en Tegucigalpa. Desde la segunda semana de la pandemia, en el mes de marzo, comenzaron con esta actividad y otras actividades que buscan dar al menos dos tiempos de comida a las mujeres que venden condimentos y sal en los mercados, a las que se ganan la vida lavando y planchando o a las que trabajaban en casa y que desde que el coronavirus llegó vieron mermados sus ingresos, porque sus ingresos son del día a día. Estas mujeres han logrado sostener el proyecto por más de ocho meses; cuentan con el apoyo tanto de las mismas mujeres adultas del grupo como de las jóvenes que se hacen llamar “las históricas”. Asimismo, de hombres adultos y jóvenes que (conscientes también de la necesidad) se suman, apoyan, madrugan, pelan verduras y colaboran con el aseo y las actividades recreativas para ser solidarios y cambiar la tensión y el estrés por alegría para las mujeres. “Aquí estamos las mujeres adultas, las jóvenes y también la red de mujeres mariposas. Todas hechas un nudo para ayudar”, nos comenta María Amalia Reyes Cartagena, quien es la coordinadora de Proyectos de la Red de Mujeres Unidas de la Colonia Ramón Amaya Amador, cuando estaba afanada preparando la olla de la sopa de mondongo que repartieron a 110 mujeres. Las mujeres se distribuyen tareas, tienen un equipo bien consolidado de trabajo y no se desaniman para trabajar en la cocina y elaborar la llamada olla comunitaria. “Unas echan las tortillas en el comal, otras pican la verdura. Las demás, desde las seis de la mañana empezaron a cortar y poner en el fuego el mondongo para que se ablandara. Es un grupo de 15 mujeres y hombres, están motivados, muy entusiasmados preparando la sopa”, agrega la lideresa del grupo de mujeres. Pero no se trata solo de comer. Lo que estas mujeres hacen es una mezcla de actividades mediante las que conviven por más de 12 horas, porque ven en la iniciativa un acto para conjuntar saberes. “Es dar de comer para convivir, es un trabajo que tiene su ancestralidad y es lo que nos permite atender a las compañeras”, indicaron. Aquí también se pone en práctica la medicina natural, porque también con los tés naturales están previniendo la pandemia, dicen. Es una costumbre que en todas las jornadas no falté el té de jengibre, canela y otras hierbas que saben que fortalecen las defensas. “Los tés de medicina natural nos previenen de la pandemia”, dijo una de las mujeres. Este espacio que organizan las mujeres de la Red Ramón Amaya Amador también es para escuchar, para que mujeres planteen sus problemas, descargar situaciones para hacerle frente a la situación de la seguridad alimentaria y desarrollar un trabajo a favor de la gestión comunitaria. “Construimos comunidad y en ese trabajo del cuidado estamos colectivizando el trabajo que ha sido de las mujeres y están compartiendo con hombres adultos y jóvenes”, explicó Reyes. ¡Mensajes… expresión del arte y de vindicación de derechos de las mujeres! En este espacio las mujeres de la Amaya Amador también realizan acciones que reivindican los derechos de las mujeres, como “la actividad de las pastillas”. Es responsabilidad de la red de mujeres jóvenes “las históricas”, las que se encargan de elaborar y pintar en cuadros en el piso, mensajes alusivos al respeto de los derechos de las mujeres. “Pintamos de color y ponemos frases de prevención de violencia contra las mujeres”, narró una de las jóvenes. Otras mujeres trabajaron con “el dominó feminista”, una actividad que consiste en que las mujeres se pinten sus rostros con los recuadros del juego dominó. Es un ejercicio de prevención en salud en el que se entregan caretas, mascarillas y gel de manos. En estas mujeres hay solidaridad, amor, entrega y convicción. El compromiso está presente ante el abandono del Estado para atender la crisis provocada por la pandemia. Muchas de las mujeres de estas colonias han tenido que albergar a otras que no cuentan con ingresos para pagar un techo donde vivir. Aquí también se ha alojado a familias que están refugiadas en un local de la red. “Esto es parte de la respuesta ante esta situación difícil que enfrentan las mujeres porque no hay un Estado que les dé respuestas”, agregó Reyes. Estas actividades significan para las mujeres una manera de dar de lo poco que tienen. El sentido está en compartir y por eso en cada jornada hacen el altar de la vida, que consiste en llenar una mesa de frutas, verduras y flores en agradecimiento a la vida. “Esto es existir y resistir. Así vemos nuestro trabajo y aquí estamos para darnos la mano una con las otras”, dicen. Así es un día de convivencia con las mujeres de la Amaya Amador. Más allá de la comida que suple la falta de alimento en los hogares de muchas mujeres, aquí también son escuchadas. Es el espacio en el que ellas encuentran igualdad y solidaridad; dan rienda suelta a su imaginación y son capaces de crear y de sentirse iguales. La red de mujeres es donde ellas se empoderan.
Y después de las patadas y de los puñetazos… ¿qué sigue?
Por Claudia Mendoza Periodista y analista del CESPAD Iris Carías tuvo que correr hasta un cerro, cerca de su casa, donde durmió entre matorrales para evitar que su marido la asesinara; Gabriela López aguanta cada día los insultos y amenazas de golpes de su propio hijo y Sofía Soto se quedó sin empleo porque la familia donde trabajaba la maltrataba y la explotaba. Miles de historias de mujeres que han sobrevivido a la violencia se dibujan durante la pandemia, víctimas, además, de un sistema que sólo las toma en cuenta como estadísticas o números. Los nombres de estas mujeres fueron cambiados pero sus historias son reales. Son, apenas, tres crudos y fuertes testimonios de entre unas 58 mil 688 mujeres que, de acuerdo con los registros oficiales, han llamado al 911, entre los meses de enero y julio del 2020, denunciando violencia doméstica, intrafamiliar y sexual. Es decir, mujeres que viven entre dos pandemias: la del coronavirus y la de la violencia, tal como lo describe la Organización Mundial de la Salud, al afirmar que la violencia contra la mujer es “un problema de salud global de proporciones epidémicas”. “Que qué se siente, rabia, cólera y ganas de matarme” La última vez que Juan llegó borracho y drogado fue un sábado a las tres de la madrugada. Golpeó la vetusta puerta de la casa de madera para que Iris se levantara a abrirla. Ella se negó a hacerlo y fue la madre de su pareja quien salió al paso. La inacción de la joven provocó el enojo desbordado de su marido quien, luego de reclamarle, le propinó varios puñetazos en su cara. “Pero ya en el suelo me agarró a patadas, me suspendió de la camisa. Cuando me pegó otro macanazo me pegó en la nuca, a puñetazos. Como él es fuerte, ese hombre, y con el segundo me quedé tirada y ni supe a qué hora caí”, recuerda. Pero allí no acabó todo. La furia injustificada de Juan continuó descargándose en el cuerpo de Iris, quien, como pudo, tomó una colcha y a su hijo mayor, y corrió hasta un cerro que queda en los alrededores de la Colonia Los Pinos de Tegucigalpa, donde vivía. Allí pasó la noche, debajo del sereno, sentada entre matorrales, arropando a su vástago con la colcha y con sus brazos. Este episodio ocurrió en el mes de mayo del 2020, en medio de una pandemia que la confinaba a estar metida en su casa, al igual que los celos de su pareja. Iris y su origen en un hogar lleno de violencia Iris nació en un pueblo del occidente de Honduras. Se crio en un hogar conformado por sus padres, 2 hermanos y 3 hermanas. Pero en ese hogar, y con tan solo 16 años, fue testigo de la violencia que su propio progenitor ejercía sobre su madre. Sin embargo, el mundo se le vino abajo cuando descubrió que su papá abusaba sexualmente de su hermana, de apenas 12 años de edad. “Nosotros supimos que eso pasaba porque ella estaba embarazada y mis hermanos y mi mamá la obligaron a decir de quién estaba así”, narra. Todos se fueron de bruces cuando la niña confesó que era su padre quien la obligaba a sostener relaciones sexuales mientras todos estaban fuera de casa. “Yo sentí que el mundo se me vino abajo. Él a mí no me dijo nada, nunca me hizo nada, pero ya miraba las cosas feas y como nadie le hizo nada, al mes me fui de la casa para donde un familiar”. Fue así como Iris sorteó este episodio de violencia, pero otros más estaban por venir. Denunció al abusador de sus hermanas Luego de huir de su casa, Iris anduvo rodando de pariente en pariente, en diversas zonas del país, hasta que conoció al padre de su primer hijo, quien jamás se hizo cargo de ambos. Y tiempo después conoció a Juan. Sin embargo, antes de convertirse en madre de sus dos niños, esta mujer, hoy de 23 años de edad, hizo algo que le cambaría la vida para siempre. “Después de que llegué a Tegucigalpa llamé a un primo mío y le dije que me ayudara para que mi hermana escapara de mi papá”. Y así fue, muchas situaciones vivió hasta que logró denunciar a su padre y ayudar a que su hermana menor, quien estaba a punto de dar a luz, escapara de aquel infierno. Pero es en esta parte de la entrevista que Iris comienza a sollozar hasta terminar en un incontenible llanto, porque con el rescate de su hermana se da cuenta que su hermanita menor, que para ese entonces tenía 10 años, también estaba siendo abusada por su padre. Una pausa con la entrevistada fue obligatoria. Iris no supera ese episodio; recordarlo y narrarlo hizo que aflorara en ella la rabia, la impotencia y la tristeza. Hoy, sus hermanas intentan rehacer sus vidas, su padre anda huyendo de la justicia y ella, junto a sus dos niños de 7 y 5 años de edad, se esconde de su agresor en algún lugar del país, porque Juan le juró que donde la encuentre la mata. María Virginia Díaz, Coordinadora de proyectos del CEM-H. Un primer aspecto que analiza María Virginia Díaz, Coordinadora de Proyectos del Centro de Estudios de la Mujer-Honduras (CEM-H), de casos como el de Iris, es que la violencia que viven las mujeres en momentos de pandemia es una extensión de la violencia que las mujeres han vivido siempre. La diferencia, dice la psicóloga, es que en sus hogares las mujeres sufren un mayor nivel de exposición a sus agresores, que en tiempos normales. “El agresor tiene más tiempo para estar en casa y se agudiza la violencia, además de limitar su movilidad para pedir ayuda o huir”, agrega Díaz. ¡Una madre que teme que su hijo la golpee! Al instante que comienza a hablar del tema, los ojos se le ponen vidriosos a Gabriela. ¡Y no es para menos! Tener que referirse
Análisis | Hay vida más allá del capitalismo: pandemia, mujeres y resistencia barrial
Escrito por Ninoska Alonzo y María Amalia Reyes, feministas 17 de mayo, 2020 En 1967, Henri Lefebvre definió el derecho a la ciudad como el derecho de los habitantes urbanos -en especial la clase obrera- a construir, decidir y crear la ciudad, y hacer de esta un espacio de lucha anticapitalista [1]. Aunque polémica, hoy se vuelve necesario reubicar esta definición en nuestras discusiones políticas debido a la explosión de nuevas luchas urbanas contra las expresiones espaciales del dominio del capital financiero, como la gentrificación o la degradación ambiental, pero también, por las nuevas formas comunitarias adoptadas en el espacio urbano y sus periferias. En Honduras, esta apropiación de la clase obrera respecto a la ciudad se fortaleció en la década de 1960’s. En esta década, las migraciones a las ciudades se masificaron, en el marco de la modernización estatal. Sin embargo, las condiciones de vivienda de la población eran muy precarias. Ante la hegemonía estadounidense que demandaba evitar la propagación del comunismo en América Latina, se creó la Alianza para el Progreso (ALPRO), la cual impulsó múltiples proyectos habitacionales en la capital del país: se fundó la Colonia John F. Kennedy, Jardines de Loarque, Colonia El Pedregal y Colonia 21 de Octubre. El Instituto Nacional de la Vivienda (INVA) estableció varias modalidades para la compra de casas, pero la más común fue la de ayuda mutua, que consistía en que el INVA era el responsable del suministro del terreno y los materiales de construcción, debiendo el propietario proveer la mano de obra. Es decir, las personas compradoras construían la vivienda con sus propias manos para rebajar su costo. Aunque la ALPRO tenga un penoso trasfondo político que solo evidencia la relación subordinada y neocolonial establecida entre el gobierno de los Estados Unidos y nuestros países, lo cierto es que el acto de construir las casas construyó también una identidad colectiva en torno a la colonia o el barrio. Sin embargo, la construcción de una identidad colectiva, urbana, confluyó con las prácticas comunitarias heredadas de la experiencia rural de quienes migraron a la ciudad [2]. Esta convergencia entre la identidad urbana y la herencia comunitaria ha perdurado en el tiempo. Durante toda la segunda mitad del siglo XX y el transcurso del presente siglo ha sido común la inmigración urbana, y con esta, la recuperación de tierras en las periferias de la ciudad. En la década de 1990’s, por ejemplo, un grupo de personas decidieron recuperar tierras ubicadas al norte de la capital. Para hacerlo posible, la comunidad se organizó en un patronato que estableció comités de vigilancia integrados por mujeres para proteger el territorio. Algunos años después, con sus casas ya construidas, llegó una orden de desalojo donde se vio involucrado Mario Facussé Handal, actual presidente de la Corporación Inmobiliaria S.A. (CISA). El conflicto territorial dio como resultado ocho desalojos violentos y 54 mujeres criminalizadas. Sin embargo, cuando fue aprobada la Ley de la Propiedad en 2004 [3] y su posterior reforma en 2009 [4], fue posible llegar a un acuerdo y, finalmente, la comunidad fue liberada de todo conflicto. Se trata de la colonia Ramón Amaya Amador, donde las mujeres organizaron, en el año 2000, la Red de Mujeres contra la Violencia, organización que ha sido fundamental para hacer de la comunidad algo posible. En el 2009, la Red de Mujeres contra la Violencia se organizó para participar activamente en las protestas contra el golpe de Estado. Sin embargo, en la medida en que la protesta se prolongaba, se hacía más necesario poder garantizar alimentos y agua para recobrar las energías y la esperanza. Así surgió la Olla Comunitaria u Olla de la Solidaridad, que se mantuvo por meses y permitió arreciar las luchas gestadas desde la colonia Ramón Amaya Amador. En la etapa post-golpe, caracterizada por la restauración y profundización del modelo económico neoliberal, las condiciones se hicieron más difíciles. En los últimos diez años, se ha consolidado el pacto patriarcal entre el capital privado, el Estado, y el crimen organizado transnacional. Y lo enunciamos así, porque feministas como Rita Segato apuntan que la corporación mafiosa replica la estructura de la corporación masculina. Ambas organizaciones, la patriarcal y la mafiosa, son análogas en su estructura y funcionamiento [5], pues se perpetúan por medio de la violencia, la dominación, y el control del territorio-cuerpo (particularmente, los cuerpos-territorios femeninos y feminizados). En septiembre de 2016, en menos de dos semanas, dos mujeres y defensoras fueron asesinadas en la colonia Ramón Amaya Amador [6]. La muerte violenta de ambas compañeras y la vulnerabilidad sentida, se tradujo en un proceso doloroso y significó un acontecimiento que puso en riesgo el tejido comunitario de la colonia. Hoy, ante la emergencia del COVID-19, la Red de Mujeres contra la Violencia se ha juntado nuevamente para organizarse ante la situación de hambre y precariedad que azota a la colonia. Desde que la cuarentena inició, pasaron ocho días para que la desesperación se hiciera visible, sobre todo de las mujeres que vendían condimentos en los mercados de Comayagüela. En los barrios, que hoy y siempre han estado alejados de la protección del Estado y tan cerca de la represión, la mayoría genera ingresos en el día a día. Cansadas y preocupadas por la situación, se organizaron para hacer posible la Olla Comunitaria. A partir del contacto entre redes feministas, se ajustó lo suficiente para hacer noventa platos de comida diarios para el almuerzo y 90 bebidas calientes para la cena. Aunque no todos los días se hace posible, cada día que pasa se redoblan esfuerzos para poder comprar verduras, arroz, frijoles, pastas, y repartir platos de comida entre más de veinte familias. Para la Red de Mujeres contra la Violencia de la colonia Ramón Amaya Amador, la Olla Comunitaria es un proyecto de vida que tiene que cuidarse, porque garantiza alimentar pequeñas células y sostener las resistencias. Además, es un proyecto que permite colectivizar el trabajo de los cuidados en toda la comunidad. En varias ocasiones, como el 25 de abril, se organizó un